parque nacional sierra de las quijadas

El secreto de los farallones rojos

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El libro “Diarios de rodaje” revela las extrañas experiencias que el director de cine Luther Blissett vivió durante la filmación de unos de sus documentales en Argentina. 

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Hoy leí en Internet que fue publicado, a un año de su muerte, el libro “Diarios de rodaje”, de Luther Blissett, el director de cine que pasó más de setenta años de su vida filmando los paisajes más bellos y singulares del planeta. Aunque un perfecto desconocido para el  gran público, directores como Lukas, Scorsese, Camerom o Coppola alabaron la obra del documentalista e incluso reconocieron haberse inspirado en él para crear los escenarios naturales más emblemáticos de sus películas (la clásica saga de la Guerra de las Galaxias o la más reciente Avatar son un buen ejemplo para medir la influencia del legendario director).

Blissett es uno de mis directores favoritos, así que apenas terminé de leer el artículo, mi reacción fue ir a una librería y comprar el libro. Al parecer, por lo que ya estuve leyendo, Blissett no solo era un obsesivo para filmar sino también para dejar constancia de las cosas que le ocurrían a él y a su alrededor durante los viajes y filmaciones. Cuando Blissett no filmaba, escribía, sin poder escapar de su obsesión por dejar registro de las cosas que lo fascinaban. Y las cosas que le ocurrían eran bastante raras.

El libro está dividido en veinticinco capítulos que llevan los nombres de los distintos países que visitó el director durante sus rodajes. En un extenso prólogo, escrito por uno de los hijos de Blissett, se explica que la obra fue organizada de esa forma debido a la costumbre del director de escribir de manera fragmentada y sin especificar muchas veces las fechas ni los lugares que visitaba, además de que escribía en varios cuadernos y libretas de manera simultánea, lo que dificultaba el ordenamiento de la compilación.

El capítulo cuatro –El secreto de los farallones rojos-  está dedicado a la Argentina, específicamente a su paso, en 1991, por el Parque Nacional Sierras de las Quijadas en la provincia de San Luis. El director dedica no pocas páginas a contar y reflexionar sobre un extraño suceso que le ocurrió durante su visita al parque nacional. No voy a ser yo quien diga si es verdad o no lo que cuenta Blisett. Solo transcribo algunos fragmentos del libro para que juzguen ustedes mismos:

“…así que antes de que saliera el sol ya estaba despierto para ver si la luz del día colaboraría con la filmación de hoy. Luego ordené el equipo y repasé en mi cabeza, una vez más, las tomas que pensaba realizar. Finalmente, el cielo se mostró limpio y celeste y Leo, mi ayudante, me pasó a buscar por el hotel para atravesar, como ayer y antes de ayer, el paisaje desértico y desolado que conduce a las Quijadas. Hace mucho tiempo, cuando descubrí que este anfiteatro rocoso se había formado por causa del desplazamiento tectónico de la placa del Pacífico que originó la Cordillera de los Andes, supe que algún día iba a venir aquí a verlo con mis propios ojos. Estos farallones y sus formas singulares, de ninguna manera caprichosas, son la prueba más fascinante de una obra viva y en constante transformación. El viento y la lluvia, sí; el tiempo, también. Hacedores, aunque no los únicos, de este arte supremo ¿Pero qué hay de la música de las estrellas? ¿Qué fuerza monstruosa y formidable creó, tal vez sin proponérselo, estos muros? No lo sé, no puedo afirmar nada. Aunque creo haber descubierto una grieta que desvanece toda posible arquitectura en mis preguntas…”

“Ocurrió casi al final del trabajo, durante el quinto día de rodaje, mientras caminábamos hacia la cima de un paredón desde donde quería hacer una panorámica crepuscular. Avanzábamos en fila india –Leo detrás de mi- por un angosto sendero que bordeaba una grieta profunda y oscura. Ansiaba conseguir para una toma los primeros tonos de la declinación de la luz solar. Estaba seguro de lograr imprimirle una nueva intensidad en el color de los altos muros. Pero sucedió que debo haber pisado una roca floja y caí hacia el abismo. En seguida dejé de percibir toda luz y sentí el vértigo de la caída en total oscuridad. Mientras caía, no podía dejar de pensar en mi cuerpo destrozado al llegar al fondo o, peor aún, mi cuerpo destrozándose de a poco, al golpear contra las salientes de las paredes. Pero no paraba de caer, al punto que esa sensación corporal aérea y flotante se hizo agradable. Me fui adormeciendo. Supongo que me desvanecí. Lo próximo que recuerdo es que sentí, todavía algo inconsciente, bajar algo tibio por mi garganta, luego llegar al estómago y dispersarse por todo mi cuerpo a través de la sangre. Podía sentir vívidamente cómo infinitas partículas iban de un lado a otro de mi cuerpo, llevadas por la sangre, subiendo desde los pies hasta la cabeza a través de cada una de mis células. En seguida me sentí mejor, con más energía; iba teniendo más conciencia de mí mismo. Esa energía llenaba mi cuerpo como un enjambre de chispas en movimiento, igual que cuando el sol cae como polvo sobre la superficie del mar. Finalmente abrí los ojos. Extraños seres me rodeaban…”

“…como tampoco pregunté su nombre; y ahora pienso que fui descortés. Aunque también creo que es mejor así. Son bajos y extremadamente pálidos. Nunca los vi andar en grupo junto al río, aunque debe haber cientos o quizá miles de ellos en los oscuros túneles en los que viven. Este pueblo dispone apenas de unos pocos minutos de sol por día. Está en el abismo de la grieta por la que caí. Durante los escasos momentos de sol que les son concedidos, los seres pálidos salen de sus casas cuevas y hacen sus asuntos: básicamente, permanecer sentados bajo el haz de luz y recoger fruta que luego llevan a los túneles. Como viven tan profundamente, y la mayor parte del tiempo casi siempre a oscuras, todos son casi ciegos, apenas si ven muy poco; en cambio, tienen un oído súper desarrollado. Por el fondo de la grieta corre un río en el que mora el pez monstruo. Este es tan grande como el mismo río y no tiene cola ni cabeza; en cambio, posee bocas en todo su cuerpo, además de largos y fuertes tentáculos que utiliza con gran habilidad. Dicen los habitantes de la grieta que habita allí desde el inicio mismo de la tierra, dicen que es la fuerza de Todo Lo Que Es sobre la tierra; dicen, también, que en las orillas de este río crecen árboles de frutas, fundamentales para su dieta y supervivencia. El pez monstruo también se alimenta de estos frutos y plantas, pero eso no supone un problema para los trogloditas que pueden acercarse a los árboles y recoger libremente el sustento, que a demás abunda. Sin embargo, hay una cuestión. Cada tanto, el pez monstruo decide variar su dieta vegetariana y engulle a un habitante del pueblo. A veces es uno, a veces dos, a veces más. Nadie puede saberlo y a nadie le preocupa. Es un pacto tácito, una ley natural que se cumple desde tiempos remotos imposibles de memorar: la partitura de la sinfonía estelar que seguirá sonando luego del fin de la humanidad…”

“… y sé todo esto sin haber cruzado una palabra con esos seres. Intuyo que se habrán comunicado conmigo por medio de algún tipo de telepatía. Así fue que me enteré que me había salvado de la caída gracias a que me dieron de comer el fruto de la vida. No sé cómo eso llegó a ocurrir. En ese momento solo me importaba saber que estaba vivo y cómo saldría de allí. No tardé en saberlo. Cuando notaron que había abierto los ojos, algunos de los que me rodeaban me ayudaron a ponerme de pié. Sus manos eran extremadamente suaves. Los más altos apenas pasaban la altura de mi cinturón. Uno de ellos me tendió un fruto. Parecía una ciruela, pero rojiza y liviana como piedra pómez. En seguida lo sentí en mi cabeza. Comprendí que ese fruto que me daba era el objeto del que yo estuviese allí. También, me indicó el camino para volver a la superficie y me advirtió, casi amenazándome, que no mirara nunca hacia atrás. Luego, rápidamente, todos se escurrieron a sus cuevas y quedé solo. Emprendí el ascenso por un angosto sendero que trepaba la roca junto al abismo. Hacía ya un buen rato que andaba cuando escuché a mi espalda, abajo, un grito enloquecedor, obviamente un animal, una bestia salvaje,  pero que no parecía de este mundo. Al principio quedé paralizado. Y aunque estuve tentado de darme vuelta para mirar me aferré a la advertencia del ser del abismo. Apuré el paso hacia la cima. Durante horas interminables ascendí hasta que tuve que arrastrarme para poder seguir avanzando. Repté hasta que no pude más de dolor y de agotamiento. Me sangraban las uñas. La sed me ahogaba. La voluntad me abandonó. Sentí mi cuerpo deslizándose otra vez hacia el abismo, como una cascada que corre entre las rocas hasta que, de pronto, alguien tiraba de mis ropas con violencia hacia arriba. Era Leo, mi ayudante. Alcanzó a sujetarme cuando vio que me caía. Salvó mi vida; o al menos eso creí entonces. Finalmente, ese día logramos hacer la toma que quería y regresamos al hotel. Por la noche, mientras preparaba las valijas para volver a casa, encontré entre la ropa una extraña fruta. Era rojiza y liviana como piedra pómez…”

Luego de esto, Blisett dedica unas cuántas páginas más a desarrollar una teoría que vincula el movimiento de la placa tectónica del Pacífico, el monstruo de la grieta, los seres pálidos y el mundo humano con una Gran Energía, oculta más allá del tiempo y del espacio perceptibles, que gobierna sobre todo lo conocido por medio de sonidos cósmicos. Puede sonar algo descabellado, no lo sé. En todo caso es una metáfora más entre otras. Pero lo que sí es extraño es que luego de la muerte de Blisett, entre sus pertenencias, fue hallada una extraña fruta rojiza, parecida a una ciruela y muy liviana. Hasta ahora, nadie fue capaz de aclarar su origen.

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