mercado surquillo lima

La música reptante (destino exótico)

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La mujer sale del restaurante un poco mareada. Camina para tomar aire y despejarse pero es atrapada por las calles del mercado de ese destino exótico.

La mujer pide disculpas y sale del restaurante. Se siente algo aturdida por la música y los licores que prolongaron el almuerzo del grupo. Apoyada en la combi –que espera en la puerta y que pronto deberá llevarlos de regreso al hotel- piensa que quizá no fue buena idea abandonar la mesa.

En torno a ella, envolviéndola, una multitud se agita en todas las direcciones. No se siente segura. Intenta dar unos pocos pasos y las piernas le parecen de goma. Trata de calmarse. Ve a una mujer que alza unas telas y las despliega frente a unos turistas. Bruscamente, alguien la lleva por delante. Sin poder evitarlo, la marea humana la arrastra, la sumerge en un río de colores.

Camina por el mercado entre un hormiguero de gente que va y viene cargando cestas en la cabeza, en la espalda. Ve alfombras, alimentos, herramientas, ropas; ve monos sueltos corriendo por la calle. Los olores de las especias y los gritos de los vendedores saturan la atmósfera anaranjada de la tarde.

La corriente humana fluye naturalmente. La mujer nota que la melodía de una flauta se cuela entre el bullicio que envuelve el mercado. Sin pensarlo, comienza a caminar entre la muchedumbre siguiendo el rastro de la hebra musical. Deambula por el laberinto de callejuelas empedradas y cúpulas empinadas hasta que, sin proponérselo, sale del mercado. Va como en trance.

La melodía la arrastra al suburbio y siguiendo un sendero de tierra llega a una aldea. A la sombra de una tienda ve a un hombre sentado. Está sobre una alfombra. Delante de él, una serpiente se yergue ondulante como el humo del incienso que se quema a un costado. El hombre toca la flauta. La mujer se va acercando de a poco, como impulsada por una fuerza superior a su voluntad de moverse. La música la atrapa en un remolino. Se da cuenta que lentamente va cayendo en un estado de somnolencia, hundiéndose en la oscuridad.

A pesar de su estado de inconsciencia, aún puede ver a la víbora avanzando hacia ella, puede sentirla trepar por su brazo y siente vivamente la helada suavidad del cuerpo del animal cuando repta por su mejilla. En ese momento abre los ojos.

Sobre ella se inclina un anciano. Con un pañuelo le refresca la cara y le dice algo en esa lengua tan extraña que no comprende. Más arriba ve una cúpula formada por las cabezas de un grupo de curiosos que la rodea. Hablan entre ellos y señalan la puerta del mercado con gestos expresivos y enérgicos. Cuando notan que ha despertado, varias manos la ayudan a ponerse de pie. El anciano sigue hablándole. La mujer mira aturdida a su alrededor. Está en el mercado frente a la puerta del restaurante, pero la combi no se ve por ningún lado.

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