La Reina de la Patagonia

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Estancia San Gregorio, ubicada a orillas del Estrecho de Magallanes
En el imaginario ideológico de los hombres de ciencia, guerra y Estado que participaron del proceso de creación del Estado argentino, la Patagonia era representada como un lugar vasto, árido e inhóspito. Se contaban historias terribles de aquella tierra lejana y desconocida, de aquel desierto implacable habitado por bárbaros que debían ser civilizados en nombre -y para provecho- del progreso y el futuro de la Nación. Hasta muy entrado el siglo XX se trató todavía de imponer esta imagen. Pero la Patagonia era algo diferente. Para fines del siglo XIX, a uno y otro lado de la Cordillera de los Andes, los pueblos que habían logrado sobrevivir a las guerras y las nuevas enfermedades, llevaban ya cuatro siglos de contacto con el hombre blanco. Diferentes grupos y etnias, mezclados con chilenos, mestizos, europeos y criollos, convivían y guerreaban por el control territorial y el comercio de la región. Había rutas, ríos, pasos fronterizos,  lagunas y otros puntos geográficos estratégicos –como las salinas- que eran codiciados y defendidos con lanza y fusil. Grandes ejércitos indígenas se desplazaban por la estepa y la montaña haciendo valer su poderío. El destino de los pueblos era conducido por caciques nobles, valientes y brutales. Lo sabemos por la historia, que poco dice que entre aquellos hombres hubo también una mujer: María, la Reina de la Patagonia.
Las crónicas de un viaje de la armada española, realizado en 1792 por las costas de Santa Cruz, mencionan a la “bella Mariquita”, hija Vicente, cacique tehuelche que controlaba la costa norte del Estrecho de Magallanes. Volvemos a tener noticias de María en 1820. De  regreso de su vuelta al mundo, James Weddel ancló en las costas patagónicas para abastecerse y tuvo que negociar con una mujer. El marino británico quedó sorprendido por la personalidad y el carisma de esa mujer, de nombre cristiano y cacique de los tehuelches, a quién llamaban “la Reina”. 
María llegó al cacicazgo por primogenitura, pero supo ganarse el respaldo de su gente y la fidelidad de sus guerreros por su coraje e inteligencia. Era astuta para negociar y hábil en el diálogo. Era respetada también por los marineros desertores y los delincuentes criollos, europeos y mestizos que acogía bajo su protección. La onda expansiva de su autoridad le permitía controlar el comercio desde la costa norte del Estrecho de Magallanes hasta el río Negro. Durante uno de sus viajes como informante del Imperio británico, un joven Fitz Roy se sorprendía por la audacia de la mujer que negociaba con las tripulaciones de los barcos que navegaban en el fin del mundo. Los capitanes loberos que cazaban en el Estrecho también trataban con ella. La carne de guanaco que ella les proveía evitaba las muertes por escorbuto durante las duras travesías de caza. Producto de este intercambio, María había logrado generar importantes excedentes de mercancías. 
En 1827 Phillip Parker King visitó a la cacique María y dejó en sus libros testimonio de ese encuentro. El capitán del “Adventure” sostuvo que el poder económico de María residía en el intercambio de carne, cueros, pieles, mantas de guanaco y plumas de avestruces por armas (espadas, cuchillos y fusiles), vicios (tabaco, yerba, azúcar, alcohol, harina) y otros productos como telas, plomo para balas, adornos, monturas y frenos. 
Parker King tomó nota, además, del asentamiento de los tehuelches en la bahía San Gregorio. De la aldea, el marino dice que eran unos quince toldos que rodean a uno más grande –el de María- que ocupa el centro del grupo. Al lado de dicho toldo había otro que servía de depósito. 120 guerreros y un numeroso grupo de blancos llamaron también la atención del súbdito británico.
El conocimiento de la existencia de María no era exclusivamente de los extranjeros. Por supuesto, las autoridades argentinas también sabían de ella. En 1831, siendo gobernador de las Islas Malvinas, Luis Vernet agasajó a María y a sus jefes con una recepción oficial en Puerto Luis. Aquella vez negociaron acerca de la instalación de una factoría en la bahía San Gregorio que funcionaría bajo la protección de la jefa tehuelche. (Dos años después Gran Bretaña invadió las Islas Malvinas y el proyecto no se concretó). No era la primera vez que Vernet y María conversaban. Más de una década atrás, en sociedad con el pionero patagónico Enrique Libanus Jones, Vernet se había instalado en la península de Valdés para iniciar un proyecto de faenado del ganado cimarrón. A las puertas del precario establecimiento llegó aquella vez María, acompañada con más de mil guerreros. Hubo diálogo. La tehuelche logró que lo blancos respetaran los derechos sobre el ganado que pastaba en sus dominios. 
La habilidad para negociar y administrar el tráfico en el territorio bajo su dominio no fue lo único en lo que se apoyó el poder de María. Había también un elemento simbólico: un ritual, que emergía de un singular sincretismo entre los tehuelche y lo religioso. Sabemos de esto por Fitz Roy cuando, algunos años después de la visita antes mencionada, volvió a la Patagonia, esta vez,  acompañado por su amigo Charles Darwin. El marino cuenta que la cacique oficiaba una ceremonia portando una estatuilla de madera a la que llamaba “mi cristo”. En un momento del ritual, por orden de María, el marido de esta, con un hierro filoso, perforaba los brazos y las orejas de un grupo de guerreros haciéndolos sangrar. Para estos hombres participar del rito era un honor. Luego de presenciar el ritual, Fitz Roy la bautizó como “Santa María”. 
Se sugiere que María pudo haber muerto hacia 1841. Tres días con sus noches, dicen, duró el duelo por la Reina de la Patagonia. Durante ese tiempo en la costa del Estrecho ardieron altas fogatas y los guerreros aullaron mirando el cielo. El lugar de su tumba es un misterio. Un secreto que se fue con el último tehuelche.
Fuente: Historia de la Patagonia, de Susana Bandieri (Editorial Sudamericana).
Foto: Flickr

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