san martin de los andes

El viento que les vuela las gorras a los turistas

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San Martín de los Andes. Atardecer frente al lago Lácar. Es mi último día en la ciudad.  Todo es tranquilidad hasta que un video clip se enciende en mi cabeza.

Es mi último día en San Martín de los Andes y decido terminarlo en la playa. Sobre la superficie ondulante del agua chisporrotea la luz del atardecer que se va apagando. Me siento en la arena con el mate y mi libreta de apuntes y dejo que la noche me vaya cubriendo. El viento sopla fresco y suave y el lago canta su canción. No tardo en vaciarme en la frecuencia del Lácar, en su música. El pensamiento se corta. Pero no pasa mucho tiempo hasta que mi mente se activa y empieza con un bombardeo de imágenes en modo random, flashes visuales y sonoros de los días previos en la ciudad. Y así, en pleno caos como van apareciendo, las voy guardando esas imágenes en mi libreta:

… manadas de adolescentes se cruzan por las calles, se abrazan y se dicen “amiiigaaaaa”, mochileros pasan cargando sus mochilas de las que cuelgan zapatillas, una pava, una olla, ancianos caminando de la mano, skaters a toda velocidad aprovechando el declive de la ruta, mucha madera y casas de techo alpino, jardines con flores, infinidad de rosales, más flores, pibes que dan vueltas en auto por la ciudad escuchando cumbia o reggaeton al palo, mirando minitas, parejas con niños de la mano onda jipi careta, turistas pedaleando en bicicletas de alquiler por todos lados, chicas mostrándose, haciendo como que no pero que sí, suenan las campanas de la iglesia justo cuando se vacía un vaso de cerveza artesanal, la oficina de turismo siempre a full y los empleados, muy eficientes, garabateando mapas durante horas y horas, “muchas gracias, que tenga una buena estadía”, ese perro que me acompañó en una caminata, la murga de anoche en una plaza dale que dale con los tambores, calles con falsos ciruelos violeta, un viajero en bicicleta lleva de tiro un carrito sobre el que flamea una pequeña bandera, pasan otros viajeros en motos, en motorhome, un grupo de rollers pasa por la plaza donde ensaya la murga y grita “¡uuuuuuuu!” dan dos vueltas en el centro y siguen “¡uuuuuuu!”, pasa el Red Bus, el bus turístico, un bondi urbano londinense en plena Patagonia, lo veo en el centro, por el camino que va hacia la Ruta de los 7 lagos, parando en los miradores para que los turistas tomen su foto de rigor, maquiavélicamente el turismo justifica los medios, las mamás empujan carritos con críos y tratan de parecer sexys y despreocupadas, incluso las mujeres de más edad se esfuerzan por lucir bien, todo es limpio, ordenado, todo preparado para consumir, los sanmartinenses están detrás de los mostradores o regando los rosales de sus jardines, los automovilistas dejan pasar a los peatones, una pareja de músicos toca un cuatro y un charango en una esquina a la gorra, la cultura mapuche en los bosques y en los folletos, esa flor solitaria en la montaña, un sendero entre los árboles, el santuario del Gauchito Gil, dos chicos se besan en la playa, más allá una pareja se fuma un porro, muy cerca de ellos una mujer-morsa está echada en la arena, una señora pasea su perro salchicha por la orilla del lago, el perro caga a unos metros de unos pibes que están tocando la guitarra y la señora se hace la boluda, una mujer deportista de poderosos brazos pasa impulsando su silla de ruedas, algunos se sientan con sus laptops en la plaza principal a la sombra de San Martín, otros se juntan en el paseo de la costa a tomar mates y mirar el atardecer, sobre los botes las aves hacen sus acrobacias y desafían al viento que, a sopapos, les vuela las gorras a los turistas…

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