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Paul Bowles: sobre la escritura de viajes

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Está claro que no hay una manera de escribir. No existen fórmulas o recetas para la narrativa de viajes como tampoco para la escritura en general. Sí hay, en cambio, herramientas, conceptos, prácticas y experiencias que pueden ser transmitidas y reinterpretadas: aprehendidas. Se aprende a escribir escribiendo, pero sobre todo se aprende a escribir leyendo. De estos temas trata este post.

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Ya publiqué una entrada anterior sobre el libro “Días y Viajes” de Paul Bowles, pero hoy quería hablar puntualmente sobre algunas de las reflexiones que el autor hace en esa obra sobre los relatos de viajes. Se trata de un texto breve, unas pocas páginas con las que Bowles prologa la sección “Viajes” del libro y en las que recoge sus andanzas por el mundo entre 1948 y 1966.

Este libro tiene un par de características que lo hacen especial: fue solo editado en español y la parte de “viajes” fue traducida por el escritor guatemalteco Rodrigo Rey Rosa, amigo de Bowles. Y podría agregar otro detalle: la parte “Días” –único Diario existente del escritor y compositor estadounidense- fue escrito por encargo de un editor. Tal es esta rareza editorial. En este contexto es que al autor necesariamente reflexiona sobre el arte de narrar viajes.

Paul Bowles arranca preguntándose qué es un libro de viajes y se contesta así mismo: “Yo diría que es el relato de lo que le ocurrió a una persona en determinado lugar, y nada más que eso; no contiene información acerca de hoteles y carreteras, ni listas de frases útiles, estadísticas o sugerencias acerca de la clase de ropa que el visitante podría necesitar. El tema de los mejores libros de viajes es el conflicto entre el escritor y el lugar. No importa quien lleve la mejor parte, siempre que el combate sea narrado con fidelidad.”

Ahora bien, como el propio viaje, este conflicto tiene un tiempo y una intensidad. Qué pasa entonces con el tiempo de la vivencia y el tiempo de la escritura. Hasta qué punto están la memoria y los recuerdos involucrados con la fidelidad de la narración que se propone.

Dice Bowles: “No creo que un libro de viajes pueda escribirse de manera suficientemente precisa si se hace después de los hechos, si el autor ha estado viviendo a su antojo durante el tiempo sobre el cual se propone escribir, sin tomar notas y sin percatarse de su función como instrumento receptivo. El recuerdo mal definido de sus reacciones emotivas es siempre más intenso que la memoria puntual de lo que las causó. Confiar en la memoria es lo indicado para determinar la sustancia de una novela, pero no es aconsejable en este caso, pues es demasiado probable que altere la consistencia de la escritura.”

Junto al aspecto de la fidelidad el autor observa también el de la honestidad de quien narra e introduce, de esta manera, el tema del vínculo con el lector. “El relato debe ceñirse lo más posible a la realidad, y me parece que la forma más sencilla de lograr eso es proponerse ser exacto al describir sus propias reacciones. El lector puede hacerse una idea de cómo es en realidad un lugar sólo si conoce los efectos que éste ha tenido en alguien acerca de cuyo carácter tiene algunas nociones y cuyas preferencias le son familiares”.

Es interesante un pasaje del texto donde se refiere al vínculo entre  lo creativo y la estructura del relato, pero no desde el punto de vista de la destreza narrativa, sino más bien de la forma en que el viajero vive y transforma su experiencia: la materia prima del viaje. Dice Paul Bowles: “El problema de dar al relato de viajes una estructura lineal no es esencialmente literario. El escritor tiene que asegurarse de que las experiencias que constituirán su material lleguen a producirse. Escribe una historia que antes debe vivir, y si el curso que la historia sigue exige ciertos elementos que hacen falta en su vida, tendrá que arreglárselas para reorganizar su existencia con el fin de obtener esos elementos. Debe usar su poder de invención para enfrentarse, no con la escritura, sino con su relación entre sí mismo y el mundo real a su alrededor”.

Sobre los lectores y la función de la escritura de viajes

Finalmente, me pregunto acerca de quién lee libros de viaje en la actualidad (¿los que viajan o los que se quedan en casa?); y más aún, quién y para qué los escribe. Hasta comienzos del siglo XX el libro de viajes tenía una función definida: acercar a aquellos que no viajaban los lugares remotos y permitirles vivir lo exótico a través de las experiencias de otros por medio de la lectura. Pero ahora, cuando casi todo aquel que se lo proponga puede viajar a cualquier parte y obtener información prácticamente de cualquier lugar sin moverse de su casa ¿cuál es la función de la narrativa de viajes?

Sobre esto, Paul Bowles propone que ahora “el énfasis se ha desplazado de los lugares en sí al efecto que estos tienen en la persona. El libro de viajes se ha vuelto, por necesidad, más subjetivo, más literario. Pero esto tiende a dejar al escritor de viajes sin su lector natural”.

Entonces ¿Ya no existe ese lector natural? O en todo caso ¿Cuál es el nuevo lector natural de la actual narrativa de viajes?

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