Mitsubishi y “El perro que fuma” hacen su negocio en el Mercado del Puerto de Montevideo

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La Biblia, el calefón y los chorizos convivían antaño en el Mercado del Puerto de Montevideo. Hoy quedan solo éstos últimos, ensartados sobre las parrillas. Una postal montevideana.

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La Biblia, el calefón y los chorizos convivían antaño en el Mercado del Puerto de Montevideo. Hoy quedan solo éstos últimos, ensartados sobre las parrillas. El Mercado del Puerto de la capital uruguaya es un laberinto de puestos de comida y restaurantes. Mientras que afuera el sol estalla sobre todo lo que hay sobre la tierra, el interior del Mercado está dominado por la penumbra. Solo unos pocos rayos de luz se filtran por el techo de chapas y caen oblicuos sobre el viejo reloj de madera acentuando la lobreguez del ambiente, y entre sus agujas se mezclan la sonoridad de los idiomas y el aroma de las achuras que asciende desde los hierros parrilleros. Allí en lo alto, en soledad, el reloj parece medir otro tiempo o ignorar éste que transcurre mientras comemos.  La gente que va llegando se pone a deambular entre las mesas y pasillos buscando un lugar apropiado donde sentarse a comer. Algunos lo encuentran rápido: sentados a una barra, tres hombres blanquísimos y rubios beben cerveza y pican algo de una tabla. De pronto, a través del murmullo general, se escucha se oye crecer el sonido de un tambor y en seguida el de unas guitarras.  La música se acerca. Son tres morenos. Uno tiene decenas de trencitas en la cabeza. Se pasean entre las mesas interpretando canciones según la cara del comensal. En el tambor hay pegada una calcomanía que dice “El perro que fuma” y una de las guitarras tiene incrustados los tres rombos de la marca de autos japonesa. Cerca de los músicos, unos chicos piden monedas a la gente que está comiendo. Dos de los más pequeños se ponen a conversar con otro niño de su edad. Los padres miran a los chicos. Luego se miran entre ellos y sonríen. Apresuradamente, un mozo se acerca para espantarlos como a las moscas y los padres, con un gesto de la mano, le dicen que no hay problema, que los deje, que no molestan. A veces, el chico se aleja de la mesa con sus nuevos amigos hasta perderse de vista. En una de esas escapadas, cuando al rato regresan a la mesa, los padres están hablando con el mozo que acaba de descorchar una botella de medio y medio. El hombre habla, mira a su mujer, sonríe, gesticula satisfecho, alza la copa de vino, brinda con su mujer. Bebe con impostado deleite, saborea y hace un gesto aprobatorio. Luego levanta la mirada y hace una pregunta al mozo que aún espera a su lado. Vino con espumante, explica éste, servilleta al hombro, antes de retirarse haciendo una leve reverencia a la pareja. Los niños se han ido otra vez. Cuando regresan, traen consigo un cachorro, un perrito marrón. Es evidente que el niño quiere quedárselo. El padre le dice que no, que no es posible. El niño insiste. Que no, que sí, que no. La madre acaricia al animal con un dedo. Es hermoso, pero no, no podemos llevarlo en el avión, dice. El tema se acaba cuando aparece el mozo y esta vez, sin oposición, espanta a los chicos. El niño, que ha quedado solo,  se sienta a la mesa y ataca el helado que está derritiéndose sobre un plato. Entonces miro hacia otro lado.

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Unas mesas más allá, sentado al rayo del sol, un hombre obeso y de espesa barba blanca fuma un grueso cigarro marrón. Del cráter de su boca, un volcán nevado, se eleva una columna de humo dulce. A su lado, una mujer bebe y mira pasar al vendedor de flores. Éste le hace un gesto con los ramos de rosa envueltos en papel plateado y ella dice que no con la cabeza. Pasa otro hombre ofreciendo lustradas de zapatos. Es alto, flaco, de más de 70 años. Va y viene metódicamente entre las mesas. Lo veo entrar al mercado por una puerta y salir, al rato, por la otra. Viste la camiseta de un club de fútbol que tiene un 13 y un Lucio estampado en la espalda. Varios cepillos sobresalen de la caja de madera que cuelga de su mano. Lo veo inclinarse sobre una mesa: cuatro dólares, dice. Luego camina hacia la esquina de la calle Sarandí, donde hay una fuente. Bajo el chorro de agua un lúmpen está lavando su vajilla de lata; muy cerca, alguien ofrece retratos hechos a mano, con lápiz; otro, vende sombreros; más allá, alguien exhibe matrículas de automóviles sobre una manta. Frente a ellos veo pasar a un viejo de saco verde loro y pantalón azul. Viene caminando bajo el sol, ayudándose con un bastón, detrás de dos ancianas que avanzan tomadas del brazo. Las mujeres caminan muy lento y pronto detecto un mecanismo de avance del grupo. El viejo las deja que se alejen un par de metros y enseguida las alcanza, se detiene justo detrás de ellas y mientras se seca el sudor de la cara con un pañuelo las deja avanzar nuevamente. Y así, con ese método, avanza la caravana de ancianos entre la gente que va y viene buscando un lugar donde comer. Llevan el mismo tiempo del reloj de madera. Fantasmales, con extrema lentitud, penetran en el bullicio y atraviesan el mercado. Los pierdo de vista justo cuando, en una mesa cercana, comienzan a sonar los tambores. En seguida escucho las guitarras que se suman y alguien que canta. Me vuelvo para ver la escena. Es una mesa de mujeres. Una se ha puesto de pie y baila sin llevar el ritmo. Una de sus amigas aplaude y otra le toma una foto con el celular. Mitsubishi y “El perro que fuma” hacen su negocio.

Los músicos

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