Un hermoso día de sol en Colonia (fluvialidades rioplatenses)

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“Abajo sigue el pi pi pi pi de la sinfonía eléctrica del consumo a la que ahora se han sumado los arreglos de una impresora que escupe partituras legales para el consumidor final”. Una breve crónica acerca de cómo se comportan los pasajeros durante un viaje entre Buenos Aires y Colonia del Sacramento.buquebus

Hace pocos minutos que el barco zarpó cuando anuncian que el freeshop ya se encuentra abierto. Hay una reacción automática y enseguida comienza a sonar el pi pi pi pi de las cajas registradoras. Yo, como tuve que madrugar, no sé si dormir la hora que me separa de Colonia del Sacramento y recuperar un poco de sueño o ponerme a leer (lo cual, probablemente, termine de todas maneras en la opción número uno), pero el pi pi pi pi persiste y taladra los oídos. Finalmente, abandono la cómoda butaca en la que estoy echado y me pongo a dar vueltas por ahí observando la fauna que me rodea. Lo primero que me llama la atención es un japonés. No precisamente el japonés, de unos 50 años, quizás un poco más, sino la rubia que lo acompaña. Como mínimo, tiene la mitad de años que él y tetas enormes enfundadas en un suéter rosa explosivo. Él la sigue cámara al cuello. Ella camina hasta la ventana y posa, una mano en la nuca y otra en la cintura, -flash-  y en seguida camina hasta la baranda que hace de mirador hacia abajo, donde está la Clase Turista, y vuelve a posar –flash-. Algunos pasajeros se desplazan de babor a estribor, pegan sus caras a las ventanillas y luego filman y fotografían la ciudad de Buenos Aires que va quedando atrás. “No, el servicio rápido no tiene cubierta exterior”, explica una chica con uniforme de Buquebus a un señor que tiene una filmadora en la mano. Abajo sigue el pi pi pi pi de la sinfonía eléctrica del consumo a la que ahora se han sumado los arreglos de una impresora que escupe partituras legales para el consumidor final. Otra chica, evidentemente yanqui, por fin se decidió a ocupar un lugar. Antes de caer despatarrada en esa butaca ya había dado varias vueltas. Mastica chicle y lee. Cada tanto estira un brazo y mueve la mano como una bailarina de danza española. Luego, cambia el libro de mano y realiza el mismo gesto con la otra. Enfrente de ella está su amiga, una chica negra, con gorro de lana y auriculares blancos metidos en las orejas.  Estoy observándolas cuando a mí espalda escucho a un “fonopitecus”, uno de esos seres con la irrefrenable necesidad de comunicar  a los gritos, a los demás, lo que habla por teléfono (distingo claramente tres grandes tipos de fonopitecus: los que hablan de sus problemas laborales; de sus problemas de pareja; y de fútbol. Este que habla ahora pertenece al último grupo). Está comentando algo sobre el partido de anoche entre Boca Juniors y Nacional. Enseguida nos enteramos de que Boca perdió: “sí, un garrón”, dice aunque de todas maneras confía en que Bianchi podrá levantar la confianza del equipo y mejorar el juego. “Sí”, fue a la cancha, “una amargura”, dice y me pregunto si el hombre ese de la chomba blanca que está unos metros más allá no debe sentir lo mismo. Una mujer lo acompaña. Ella se ha pasado casi la última media hora quemándole la cabeza porque no tiene conexión a Internet en su iPad. Debe tener más de 60 años. Se viste y luce como una adolescente: campera de cuero fucsia y botitas del mismo color, pantalones chupines y en la boca un chupetín; el iPad luce lleno de stikers. El hombre permanece en silencio cada vez que ella dice; “no se conecta”. Apenas desvío la atención de ellos capto, en toda su intensidad, el llanto de un crío –nunca faltan- que viene del piso de abajo; y en el mismo momento esquivo a una señora que avanza tambaleándose, como ebria, sosteniéndose de la baranda dorada. De pronto, pienso lo mismo que pienso cada vez que observo la estética de estos barcos -cielorraso dorado y espejado, pisos y escaleras alfombradas, columnas decoradas con mangueras transparentes con luces en su interior- que, como el resto de los barcos turísticos que conozco, se parecen a los bulines y discotecas de las películas de Olmedo y Porcel. Estética de telo. Pero no pienso más porque me distrae la voz de una mujer. Está leyendo el diario y comenta, “¡qué horror!”, que el cuerpo del presidente venezolano será embalsamado. Detrás de ella, alguien mira hacia arriba y se autorretrata contra el cielo raso. Asomado a la baranda, veo a muchos pasajeros comiendo en el piso. Otros duermen. Algunos con las cabezas apoyadas en las mochilas y otros sentados contra las columnas. Un hombre ya circunvaló la Primera Clase al menos cinco veces desde que salimos. Abajo sigue el pi pi pi pi. En las pantallas de TV adosadas a los muros trasmiten  un partido: TOT vs INT. Alguien estornuda: “me resfrié”, dice, hablando para todos como excusándose, y con el dedo índice señala hacia arriba, culpando al aire acondicionado. Abajo, un niño da vueltas entre la gente. Lleva en la mano un palo como de un metro en cuyo extremo, sobre ruedas, tiene un UngryBird de luminosidad intermitente que grazna de manera insoportable. Una pareja de ancianos atraviesa el pasillo tambaleándose, apoyándose el uno contra el otro. Detrás de ellos se acerca una señora que quiere leer La Nación y se queja de que no hay suficientes diarios disponibles: “qué desastre”, protesta en voz alta,  como buscando cómplices, “qué desastre”, vuelve a decir. Entonces la señora que antes hablaba de Hugo Chavez le hace un gesto con la mano y le alcanza el diario. La señora le agradece y vuelve a quejarse mientras se aleja con el diario en dirección a un grupo de mujeres que se están fotografiando entre ellas. Hay una que claramente lleva la batuta y la cámara en la mano: “ahora pónganse ustedes”, dice, “ahora vos y Marta”, ordena, “ponete vos…y…”, dice y chequea el visor de la cámara para ver quién falta. Detrás de ellas, al fondo, el río y el cielo se funden en la línea del horizonte formando un cuadro ceniciento. Entonces camino hasta los ventanales y me quedo mirando el agua hasta marearme, hasta que de pronto comienzo a escuchar el murmullo de voces que crece alrededor y me doy cuenta de que, por un momento al menos, estuve sumergido en el silencio. Cuando me aburro de marearme vuelvo la cabeza y la mirada se pega a una de las pantallas de TV. Ahora el TOT le gana dos a cero al INT. Voy al baño. Mientras me tambaleo frente al mingitorio escucho que alguien, detrás de una puerta, sopla como si estuviera inflando un salvavidas. Suena como un Dark Vader asmático. No quiero imaginar qué puede estar haciendo y salgo enseguida. En ese momento los parlantes anuncian que el freeshop cerrará en los próximos cinco minutos. Una avalancha de gente va hacia las puertas del local. Hay un pico sonoro de pi pi pi pi. Lejos, a través de los ventanales, Colonia comienza a verse como una mancha aplanada sobre el agua. Pocos minutos después el barco disminuye la velocidad para acercarse al muelle. Los pasajeros del piso de arriba se abalanzan contra las ventanas. Suena la señal de arribo. Por los parlantes, una vos explica amablemente que “estamos pronto a arribar” y solicita a los pasajeros  que “por  favor permanezcan en sus asientos hasta que el barco se haya detenido”. Un segundo después del anuncio, decenas de personas salen disparadas de sus asientos y se agolpan junto a la puerta de desembarque. Yo miro a través de las ventanillas y luego anoto la última frase en mi libreta: hace un hermoso día de sol en Colonia.

 

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