Greetingman Young-ho Yoo

Greetingman, el coreano celeste de Young-ho Yoo

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Crónica de un paseo por Montevideo que me llevó a encontrarme con Greetingman, el coreano celeste de Young-ho Yoo.

Caminar hace el mundo más grande; entonces, caminar las ciudades.

Algo así leí una vez en el libro de  Lawrence Millman sobre la ruta de los vikingos. Allí dice que su filosofía de viaje es viajar de la manera más lenta posible.

Caminar, porque propicia la sorpresa.

Para él -explica en ese libro- de tener que escoger entre un barco rápido y uno lento, escoge uno lento; de la misma manera, si tuviera que elegir entre ir en un barco lento o caminar, elegiría caminar porque “el ir a pie hace del mundo el lugar vasto y lleno de sorpresas que era en el pasado”.

Así lo creo yo también. Y fue de esta manera, caminando Montevideo, que me encontré con el coreano celeste:

Greetingman Young-ho Yoo

Aquella mañana cuando desperté vi a mi amigo apoyado en marco de la puerta de la habitación. Dijo: “Qué hacés, che, levantate”, y estiró el brazo para pasarme un mate. Hacía mucho tiempo que no nos veíamos. El había estado viviendo unos años en Vietnam y ahora vivía en Montevideo. Yo había llegado la noche anterior, cerca de la medianoche, y casi no habíamos podido cruzar palabra. Le devolví el mate y salté de la cama. Salimos al balcón y seguimos tomando mates y nos quedamos charlamos un buen rato. “Gracias por la yerba, la de acá no me gusta mucho”, dijo.

Desde el séptimo piso contemplábamos la mañana de Pocitos, un barrio arbolado y silencioso de Montevideo. Estaba soleado pero soplaba una frisa fresca del río.”Es parecido a Belgrano, en Buenos Aires, pero con playas amplias y limpias y con gaviotas”, dijo mi amigo, y poco después bajamos a la calle.

El se fue para la Ciudad Vieja, donde trabajaba, y yo me fui a caminar. Bajé hacia el Río de la Plata por la Av. Brasil y enseguida llegué a la Rambla República del Perú. Luego caminé hacia el este. Mi objetivo era llegar hasta Carrasco para ver el histórico Hotel Casino Carrasco, actualmente en manos de la marca francesa Sofitel. Tenía un largo camino por delante. Primero tenía que atravesar los barrios de Buceo, Malvin y Punta Gorda, hasta donde finalmente llegué. Con el correr de las horas el día se fue poniendo caluroso y a la altura de la Plaza Virgilio, a solo un par de kilómetros del hotel, emprendí el regreso. (De todas maneras, esa misma noche pude visitarlo, como conté en Una anécdota china).

Durante la caminata me entretuve sacando fotos en la playa, explorando cada nuevo barrio que atravesaba, charlando con unos pescadores. Cada tanto, me detenía un rato y me sentaba a mirar el río y las gaviotas, y tomaba notas. El sol estaba demasiado fuerte para ser casi el final del verano, pero a pesar de eso, caminé y caminé. Lo primero que me llamó la atención fue un edificio solitario, ubicado frente al río, justo en una curva, en una pequeña parcela de césped con palmeras donde vi un cartel que decía: Museo Zoológico D.A. Larrañaga. Estaba cerrado.

Algunas décadas atrás, este lugar podría haber sido un cabaret. Pinta no le falta: es de una planta, en U, y de un estilo que podríamos llamar morisco. Todos sus laterales están rodeados por arcadas y columnas. Las paredes lucen un alto zócalo de mosaicos azules y blancos. Encima de todo el conjunto, una torre cilíndrica se eleva unos quince metros para terminar en una cúpula puntiaguda que pareciera querer penetrar el cielo.

No muy lejos de este lugar fue descubrí al coreano celeste.

Greetingman Young-ho Yoo

El coreano está ubicado -por supuesto- en la Plaza República de Corea, en la rambla del barrio Buceo. Es una escultura que representa a una persona con las manos pegadas al cuerpo, en posición levemente inclinada, que saluda al Río de la Plata y, más allá, del otro lado del planeta, en dirección a Corea. Debe medir unos seis metros, es celeste y está desnudo. Se trata de “Greetingman”, una obra del artista coreano Young-ho Yoo.

Young-ho Yoo donó la obra a Montevideo como gesto de amistad entre las naciones. La escultura es una invitación a conectar dos mundos, a acercar sus culturas. El artista también tiene pensado colocar una escultura similar en la frontera entre las dos coreas y expandir así su mensaje de paz y hermandad para el mundo.

Y aún en el futuro, Young-ho Yoo planea seguir sembrando coreanos celestes en otras ciudades y en otros países.

Quién sabe si algún día, caminando por una ciudad del mundo, me cruce con otra coreana sorpresa del color del cielo.

Greetingman Young-ho Yoo

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