parque nacional iguazu

Pungas en el Parque Nacional Iguazú

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La investigación plasmada en esta crónica fue posible gracias al aporte de una ONG internacional anticorrupción y dos organizaciones ecologistas locales. También, contribuyó un delincuente “arrepentido”, quien aportó información a cambio de protección y un salvoconducto internacional. En la selva paraguaya, donde dice tener parientes, espera comenzar pronto una nueva vida.

Llego a la ciudad de Puerto Iguazú, en Misiones, para cumplir una misión secreta: averiguar cómo operan las bandas de pungas que delinquen dentro del Parque Nacional Iguazú, en connivencia con las empresas privadas y las autoridades estatales. En el aeropuerto tomo un taxi que me lleva a la ciudad. Me alojo en un hotel ubicado casi enfrente de la Terminal de Ómnibus y media hora más tarde voy rodando por la Ruta 12, junto a otros pasajeros, rumbo a las cataratas.

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La banda de los coatíes a pleno

Al llegar al Parque pagamos la entrada y cruzamos en fila india los molinetes; luego nos dirigimos hacia un andén. Aunque preferiría ir caminando, me uno a los cientos de turistas que esperan la llegada del tren que los acercará a la maravilla mundial. Un diverso zoológico humano me rodea. En la cola escucho hablar distintos idiomas: portugués, inglés, chino, francés, japonés. Casi todos llevan cámaras y filmadoras colgadas de algún lado; la mía cuelga de mi hombro. A pesar de que es temporada baja miles de turistas llegan de visita todos los días. El año pasado las cataratas recibieron un millón y medio de visitantes y se espera que la afluencia de público aumente en el futuro cercano. Este crecimiento hace que la oferta se expanda y aparezcan nuevas bandas delictivas en el mercado punguista. Cuando esto ocurre –y ya está ocurriendo- comienzan las peleas por el dominio del territorio.

Finalmente, luego de una tediosa espera, llega el tren. Parece de juguete. Nos apresuramos a ocupar los pequeños vagones. Enseguida suena un campanazo y partimos. Avanzamos por una vía estrecha que se abre paso entre la vegetación frondosa. Unos cuatro o cinco kilómetros después nos bajamos en la Estación Garganta del Diablo y enseguida vamos hacia la pasarela que nos llevará hasta el borde mismo del fenómeno natural. Aún debemos caminar tres kilómetros sobre un piso de metal, agujereado. El sol pega fuerte y hay mucha humedad. Hay un incesante ir y venir de personas. Algunos tramos de la pasarela atraviesan zonas arboladas. Mariposas de todos los colores nos sobrevuelan; se posan sobre nuestras mochilas nuestras cámaras nuestras cabezas. Veo un cartel que advierte tener cuidado con las víboras. Cada tanto, vemos las ruinas de otras pasarelas que han sido arrasadas por el río que se desliza, inmenso y poderoso, a un par de metros debajo de nuestros pies.

Llegamos y miramos.
Ruge la Garganta del Diablo. Ruge su furia blanca y espumosa. Agua. Agua inconmensurable. Agua cayendo sin parar en una enorme grieta del planeta. Agua y movimiento perpetuo. Voluptuosidad. La vista es sobrecogedora. El viento nos arroja inmensas nubes de gotas que nos azotan y nos empapan. Agua cayendo sin parar. Turistas llegando sin parar.
Miramos y nos vamos.

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Los delincuentes se muestran con total impunidad ante los turistas

De regreso del paseo busco una mesa y me siento a comer algo al aire libre. Disimuladamente, observo el movimiento de los turistas a mí alrededor. No tardo en descubrir un pequeño grupo de sospechosos que merodea entre las mesas. Sus cabezas tienen forma de embudo y terminan en una trompa alargada. Son marrones y peludos, del tamaño de un perro pequeño. Se desplazan con el característico tumbao que llevan los guapos al caminar. Una serie de anillos negros adornan sus colas gruesas y largas. Se acercan a los turistas, les lanzan miradas furtivas, los olisquean, los rondan. Andan, van, vienen, se juntan, deliberan y vuelven a separarse. Su deambular es caótico. Es la banda de los coatíes.

De pronto, pasado un rato, percibo algo, un movimiento armónico y sincronizado de bolas peludas acercándose a toda velocidad, desde distintas direcciones, a una mesa donde hay dos mujeres que almuerzan empanadas. En ese momento yo me levanto y busco una posición adecuada para registrar con mi cámara lo que, presiento, está por ocurrir. Y todo ocurre con mucha rapidez.

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El menor de los delincuentes se acerca a la víctima. Comienza el atraco

El más pequeño de los atacantes se para en dos patas contra la silla de una de las mujeres para distraerla. La víctima, automáticamente alza los brazos y pega los codos contra su cuerpo. Mira a su amiga que ríe nerviosa. Otros dos coatíes bolsiquean la mochila que dejaron en el piso, debajo de la mesa; sus hocicos la recorren con ansiedad, como manos que palpan. Cuando la mujer se da cuenta la levanta de un manotazo. En ese instante, otro animal salta a una de las sillas vacías; la mira fijamente y le escupe en la cara uno de esos horribles chillidos que lanzan enseñando los colmillos afilados. La mujer aprieta la mochila contra su pecho y se inclina hacia atrás. El miedo la paraliza. En medio de esta escena, aprovechando la consternación de las turistas, aparece otro coatí, el más grande, y realiza un ataque relámpago, un blitzkrieg: salta arriba de la mesa, aferra con sus dientes el paquete de las empanadas y huye velozmente a refugiarse entre las plantas de la orilla del río.

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El autor material del robo captado en plena acción

Los gritos de las mujeres alertan a uno de los mozos que, escobillón en mano, se acerca corriendo. Llega tarde. La pandilla ya se dispersó. Corro detrás de ellos, sigo sus pasos. Los escucho gritar entre el follaje. Encuentro al coatí que se apoderó del botín. Tomo la cámara y disparo. De repente, en torno el verdor se agita. El coatí muerde  la bolsa de empanadas y se agazapa. Colas marrones con anillos negros aparecen, arrastrándose, entre las plantas. Sin perder un segundo me alejo de allí. No tardo en escuchar a mi espalda el revuelo entre la maleza y esos horribles chillidos.

Aunque ya contaba con una idea y pruebas suficientes de cómo operaban estas bandas, antes de irme quise explorar otros circuitos del Parque. Como lo sospechaba, en todos lados hallé grupos de coatíes organizados para delinquir. Siempre hubo enfrentamiento entre las bandas pero ahora las cosas están empeorando. En la actualidad, otras especies comienzan a ver en el delito una alternativa de supervivencia ante el constante avance humano sobre su ámbito. Hoy los coatíes ya no están solos. Apareció otro grupo que les disputa el territorio. El de las urracas. Estas, como sus enemigos, operan en grupo. Las he visto en acción. Controlan todo. Van de árbol en árbol esperando el momento oportuno para dar el golpe. Audaces y pacientes, tejen una red invisible sobre las cabezas de los turistas que van por las pasarelas. Posadas en las ramas más bajas, los miran desfilar. Los observan. Tienen los ojos rodeados por un círculo amarillo. Su mirada es demente.

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El “garganta profunda” de los coatíes permanece aún escondido en la selva

10 Comentarios

  1. ¡Nice and cute! jajaa. Muy buena la nota, inaugurando la sección “policiales” del blog.

    ¡Saludos!

  2. jaja, hola Ariel, así es, seguiremos investigando. Gracias por comentar, saludos!

  3. Supongo que habrá nota sobre las bandas de monos que roban ropa en los hoteles que están cerca o dentro del parque nacional, como el caso del Sheraton.

  4. Así es Jorge, todo injusticia será revelada y todo culpable señalado. Nadie quedará impune de este sistema organizado para expoliar a los turistas.

  5. Gracias por comentar Fernando, saludos!

  6. ¡Qué lindo relato..!Su lectura me gustó ,y me arrancó risa a rolete…….lo que no es poco en un mal día domingo…..¡gracias Wence….! ¡Ah….lo reenvié lejos y me devolvieron un :”JAJA…..ME ENCANTÓ”!

  7. Hola Graciela, qué bueno que te hay hecho reír un poco, me alegro por eso y por tu comentario. Gracias por pasarte por el blog y por compartir, saludos!

  8. jaja si, son verdaderos pungas estos. A mi me robaron un sobrecito de mayonesa

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