lago villarrica

El pueblo de los que ven pasar los días (fantasía en Villarrica)

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Salgo a dar un paseo por la orilla de lago Villarrica. Un perro me acompaña en el paseo por la playa. Un hombre llega a un pueblo con una extraña costumbre.

Salgo de la cama y corro las cortinas. A través de la ventana de mi habitación en el Villarrica Park Lake Hotel observo como está el día. Hace frío y llovizna. Un velo de ceniza volcánica impregna el paisaje. Las montañas, el lago, la playa pedregosa, todo luce en diferentes tonalidades de grises. Una luz amarilla y espesa comienza a filtrarse en el paisaje. Lentamente amanece.

lago villarrica

Como afuera hace más frío del que imaginaba me pongo enseguida en marcha. Doy una vuelta en torno al hotel y luego bajo a la playa para caminar por la orilla del lago. La superficie del Villarrica parece plata líquida. El viento agita el agua, levanta picos espumosos. Me concentro en el sonido de mis pasos y en la sensación de hundirme en el canto rodado. El chillido de algunas aves y el sonido de las olas se filtran en mi película.

No tarda en aparecerse un perro que me acompaña durante todo el paseo. Incluso cuando ambos, temerariamente, debimos cruzar un afluente del lago haciendo equilibro sobre un estrecho y endeble listón madera. El perro va olfateando todo a su paso, va, viene, se adelanta, escarba, ladra a los pájaros, vuelve a mi lado. Andamos así un buen rato bajo la llovizna hasta que amaina y algunos rayos de sol logran atravesar los espesos nubarrones que cubren el cielo.

Más adelante llegamos hasta la desembocadura de otro afluente, más ancho, que no podemos cruzar. Piedras todo alrededor y árboles pelados. Gaviotas. Amarraderos semisumergidos, restos de una red. Hasta acá llegamos, amigo. Emprendemos el regreso.

lago villarrica

Durante el paseo me entretengo tomando fotos. Pasamos frente a un camping y unas cabañas de alquiler que están sobre la playa; en los jardines hay bancos que miran al lago. Me siento en uno de ellos, de cara al horizonte, a hipnotizarme con el paisaje, a escuchar las olas. Por un rato logro detener el pensamiento y conectar con el lago y su naturaleza. Disfruto el frío y el silencio. Permanezco en completo relax hasta que, de repente, una frase desata el pensamiento: “así podría pasar los días”.

La frase se repite un par de veces en mi cabeza y enseguida germina. Como moléculas que se unen con un fin determinado, a esa frase se le pega otra, y luego otra y luego una imagen, y luego un sentimiento, la angustia, y una música que no suena pero que marca el ritmo de los pasos del hombre que avanza, en soledad, por el camino que se dirige hacia la playa. Saco mi libreta del bolsillo y comienzo a escribir: el hombre avanza…

La senda es angosta y de tierra. Pasa al pie de unos cerros, atraviesa bosques y llega hasta la orilla de un lago donde el hombre descubre un pueblo. No tarda en darse cuenta de una extraña característica. Los habitantes que viven allí, en determinado momento de sus vidas, espontáneamente, dejan de hacer lo que están haciendo, sea lo que esto sea,  y salen caminando hacia el muelle.

–Sí, nos vamos, cuando llega el momento tomamos el camino del muelle y nos vamos –dijo uno de los habitantes cuando el hombre le preguntó adónde conducía un sendero que, muy cerca de allí, se internaba en un bosque de árboles altos y frondosos. Lo curioso era que ninguno de ellos sabía qué había a lo largo de ese camino.

Nadie, pudo averiguar también el hombre, en toda su vida había tomado ese camino por propia iniciativa y voluntad. Ni siquiera por curiosidad o rebeldía. Los habitantes del pueblo jamás iban al muelle hasta el día en que, simplemente, dejaban de hacer lo que estaban haciendo y se marchaban. Sin embargo, nadie ignora que los que tomaban ese camino nunca regresaban.

–Se van a ver pasar los días –respondían los que ocasionalmente eran consultados acerca de esta llamativa actitud. En cuanto al resto de las cosas, son bastantes parecidos a las gentes de cualquier otro pueblo civilizado.

La tarde que el hombre llegó al pueblo uno de los habitantes se había ido. Una familia paseaba en auto. Todos iban ansiosos porque acaban de comprar un televisor de gran tamaño y querían llegar pronto a su casa para encenderlo. Hablaban de conseguir una película para ver a la noche. Los niños fantaseaban con cómo se verían en esa pantalla unos dibujitos que les encantaban. Se los notaba contentos y animados.

Los padres los escuchaban y sonreían. Nada hacía sospechar lo que ocurrió unos segundos después: de golpe, en medio de la calle, el padre detiene el auto, se baja y se aleja caminando. Todos saben que no va a revisar el agua del radiador y que no volverán a verlo. Va directo hacia el sendero del muelle. Por eso los niños continúan con sus fantasías animadas y la madre, con toda naturalidad, sujetándose el vestido, se pasa al asiento del conductor y pone primera.

El perro corre a la par del auto ladrándole a una rueda pero pronto se aburre y corre hacia el lado de la playa. Va de un lado para otro espantando a las gaviotas hasta que encara para donde estoy sentado. Cuando llega se echa a mis pies. Está agitado y tiene la lengua afuera. Le acaricio la cabeza y le digo que lo voy a meter en la historia que estoy escribiendo.

Unos segundos después, el perro se incorpora de un salto y sale corriendo otra vez como loco. A los pocos metros se detiene, gira, me ladra, y retoma la carrera por la costa del lago en dirección al hotel.

Yo guardo la libreta, meto las manos en los bolsillos y lo sigo.

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