Una tarde en el desierto de Paracas

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El desierto fue una de las cosas que más ocupó mi atención y pensamiento mientras estuve en Perú. Primero en el norte, en Piura, y luego en el sur, en el desierto de Paracas, adonde llegué para realizar un vertiginoso paseo en “tubular” y practicar sandboard en dunas que alcanzan casi los cien metros de altura..

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Bajo un sol calcinante llego al Adrenarena Park, un emprendimiento eco turístico que está a poco más de diez kilómetros al norte de Paracas. Este año el lugar fue base del tramo peruano del Rally Dakar, que pasó muy cerca de allí. Me recibe Mario. Con él, en uno de esos vehículos de aspecto frágil que parecen insectos (buggy), voy a ir a dar un paseo y a practicar sandboard en dunas que tienen casi cien metros de altura.

Mientras me acomodo las gafas, Mario asegura las tablas en los tubos del vehículo insecto.  Luego, nos ajustamos los cinturones  y avanzamos arena adentro. En seguida Mario declara su amor por el desierto. Confiesa que trata de estar todo el tiempo que puede allí, en la arena, y que si fuera por él viviría ahí mismo. “Cuando te enamorás del desierto no hay salida, te atrapa para siempre”, dice Mario sin desviar la vista del frente, atento a las irregularidades blandas del escenario que atravesamos.

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El amor de Mario por el desierto viene de mucho tiempo antes. Durante su adolescencia, dice,  “yo mismo me construía los tubulares y me venía a andar por el desierto”.  Y aún hoy lo sigue haciendo.

Con cada metro que avanzamos el desierto expande su horizonte. El sonido burbujeante del motor es lo único que rompe el silencio. El sol ya no pega tan fuerte. ¿Por qué?, pregunto. “Al contrario de lo que pueda creerse, acá el desierto tiene zonas más frescas, por la influencia de la Corriente de Humbolt”, dice Mario. El océano Pacífico está a un paso. Luego le pregunto por qué vamos tan despacio; suponía que lo de adrenarena era por la adrenalina. Entonces Mario me explica que el va “tanteando” a los pasajeros para ver qué grado de vertiginosidad prefieren, y que no sabe qué quiero yo. “Lo más vertiginoso posible”, respondo. Mario sonríe. Dice: “Bien, así me gusta”, y aprieta el acelerador. Comienza otra película.

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El tubular se desliza a toda velocidad. El andar sobre la arena es más parecido a navegar que a correr en automóvil. Cada tanto, Mario descuelga el tubular por la ladera de una duna y nos deslizamos, medio de frente medio de costado, hasta el fondo para enseguida trepar hasta la cima de otra duna y comenzar un nuevo y audaz descenso. En cada subida y bajada mis entrañas se mueven como semillas dentro de una maraca, sobre todo cuando Mario deja el tubular haciendo equilibrio en el “filo” de una duna para, segundos después, dejarse caer otra vez hasta el fondo. Es en estas ocasiones, cuando la sensación es de estar cayendo al vacío, que grito como un desaforado. Aferrado a los tubos me reconozco primate. Pero no puedo contenerme. Es la adrenalina. Mario se ríe.

Unos minutos después Mario detiene el vehículo en la cima de una duna. A pocos centímetros de nuestros pies comienza un tobogán, ancho y dorado, que se extiende por unos cien metros allá abajo. “A esta duna la llamamos La Rompehuesos”, dice Mario clavando a mi lado una de las tablas que trajimos.

Hago unos intentos de pie sobre la tabla hasta que finalmente decido no contribuir con el nombre de la duna y me lanzo sentado, de panza, una y otra vez. Lo hago decenas de veces hasta que mis piernas no dan más de trepar hasta la cima de la duna en cada intento. Hago un último esfuerzo. Me lanzo una vez más  y vuelvo con Mario que espera arriba. Nos sentamos un rato a descansar y a mirar el paisaje. Permanecemos en silencio.

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Mis ojos beben a grandes tragos el paisaje que hipnotiza. En todas las direcciones, hasta donde alcanza la vista, veo un paisaje ondeante de sombras y contrastes que revela su naturaleza viva de respiración leve.

Estoy absorto cuando Mario hace un gesto abarcador con la mano y dice: “El viento es el gran artista de todo esto, el viento acarreó toda esta arena granito por granito y creó el desierto”, y luego explica que el desierto nunca es el mismo, que el que ahora estamos viendo nunca más será. “Porque cambia a cada hora de acuerdo a la luz que haya en ese momento”, dice. Luego no habla más y emprendemos el regreso.

Vuelvo pensando en el viento, en los granos de arena acumulados pacientemente a lo largo del tiempo y pienso, también, que el desierto es un paisaje de gran sensualidad. Al desierto hay que andarlo, palparlo, hundirse en él, esparcirlo. Luego, mirarlo y callar.

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Contacto: Adrenarena Park – www.peru.travel

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