Historia de amor en Cajamarca

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Poco antes del anochecer, me metí en un bar a tomar una cerveza y para anotar algunas impresiones en mi libreta. Todo indicaba que sería una tarde más en Cajamarca, pero de repente vi pasar del otro lado de la ventana a una mujer y no pude resistir el impulso de salir tras ella.

El decapitado cerro Santa Apolonia y, a sus pies, la Plaza Mayor

El decapitado cerro Santa Apolonia y, a sus pies, la Plaza Mayor

Por la tarde voy hasta la Plaza Mayor para tomar algunas fotografías. La Catedral y la Iglesia de San francisco se iluminan y la atmósfera colonial de Cajamarca se acentúa. A esta hora, el enjambre de moto-taxis que infectó las calles durante todo el día desaparece -por disposición municipal- de la parte histórica. Entonces la ciudad se calma, vuelve a su respiración antigua y recupera el pulso de la sierra.

La iglesia de San Francisco

La iglesia de San Francisco

Luego de tomar las fotos me pongo a deambular por la ciudad. Paso por una librería, compro un libro y me voy a sentar a la plaza para ver pasar la vida cajamarquina. Hay mucha animación. En todas las direcciones pasan personas que regresan de trabajar, grupos de adolescentes, parejas, turistas. Una mujer, vestida con el atuendo típico de sierra, carga un balde transparente con potes de algo que parece gelatina de colores; va de acá para allá ofreciéndoselos a las personas que están descansando. Un niño se me acerca. Lleva la ropa sucia y rota. Me pregunta si quiero que me cante una canción y, sin esperar mi respuesta, empieza a rasgar un trozo de madera como si fuera una guitarra. Recita de manera automática algunas frases sin prestarme la menor atención. Su mirada vaga, tal vez,  por los techos de tejas que rodean la plaza.

La Catedral de Cajamarca, con sus torres inconclusas

La Catedral de Cajamarca, con sus torres inconclusas

Sube la luna y baja el frescor del cielo nocturno. Me meto en un bar y pido una Cusqueña. Anoto en mi libreta las impresiones del día, algunas reflexiones. En eso estoy cuando de repente levanto la  cabeza y veo pasar, por el tiempo que dura en el recuadro de la ventana, a una mujer. Un impulso que no puedo dominar me obliga a ponerme de pie. Pago mi cerveza y salgo a la calle. Alcanzo a ver el último reflejo de los cabellos antes de que se pierdan al doblar en la esquina. Aunque apuro el paso, no logro acortar la distancia que me separa de ella. ¿Pero para qué quiero alcanzarla? ¿Por qué estoy siguiendo a esta mujer? ¿Qué le diría si la alcanzara? No lo sé, pero siento una necesidad animal de hacerlo.

Calle típica de Cajamarca con los cerros de fondo

Calle típica de Cajamarca con los cerros de fondo

La sigo por las calles que van hacia los cerros circundantes. Damos vueltas por un laberinto de casas coloniales con puertas y balcones de madera. Hago equilibrio sobre las veredas elevadas que encajonan las calles angostas y ondulantes, tenuemente iluminadas por la luz de algunos faroles.  No sé por cuánto tiempo, irracionalmente atraído, obnubilado, deambulo detrás de ella, en torno suyo. Creo que la mujer termina percibiendo mi asedio y aprovecha para jugar un poco conmigo. Se mete en un local sórdido del suburbio. Nos separa apenas el cristal de la vidriera. Por un momento su mirada se encuentra con la mía y algo ocurre; no sé bien de qué se trata, una especie de enlace intangible e inevitable, algo con el tiempo, con los cuerpos. Cuando logro recuperarme del vértigo que acabo de experimentar la mujer ha desaparecido. Delante de mis ojos desapareció. Corro hacia la esquina más cercana y luego hacia la otra. Ya no la vuelvo a ver.

Vista de Cajamarca desde la cima del cerro Santa Apolonia

Vista de Cajamarca desde la cima del cerro Santa Apolonia

De regreso al hotel, aún no me siento del todo recuperado de esa especie de enamoramiento fugaz y fulminante. Me doy una ducha y luego, para distraerme,  me tiro en la cama a ojear el libro que compré esa tarde. Se llama “Lecturas selectas sobre Cajamarca” y su autor es Luzmán Salas Salas. Paso las páginas, leo algunas frases. Hay capítulos sobre la historia de Cajamarca, de artistas de la ciudad.  Me engancho con uno que describe una danza de la región, antigua y enigmática, en la que los bailarines –un indio y una india-  se entregan extasiados a una coreografía en la que se buscan, se provocan, se rondan, pero nunca se tocan. Es una danza, leo, en la que “ella permanece en el centro y él, como un astro, sigue su órbita fatal”.  La danza se llama “cachua” y sobre ella escribe el autor:

“Hay en esta danza humilde un sentimiento platónico de la absorción mística y de la distancia absoluta. El indio, fascinado por la rítmica inmovilidad de su pareja, la contempla y la sigue; la ama, pero no intenta transponer la zona mágica que la separa de ella. Su fascinación, al par que lo pierde y anula ante la presencia inasible, conserva la distancia. Así la india, absoluta y lejana (como una imagen) y el indio, visionario y enajenado (como un místico), constituyen los polos de una tensión indisoluble. Y así, en fin, el Amor –Eros, en su significación más esencial y auténtica- une, aquí como en el Cosmos, lo que está separado, y dispensa, cual una gracia paradójica, la presencia de la inasequible lejanía, en el propio corazón de la vida”.

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