Ligeras anotaciones sobre la Feria Internacional de Turismo (FIT 2013)

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“¿Una feria de turismo? ¿Y qué hacen ahí?”, me preguntó una amiga cuando le dije que iba a La Rural a darme una vuelta por la FIT. En principio, caminar y curiosear, le respondí. Y también observar, escuchar, degustar, experimentar, comer, bailar, jugar, beber. La gente va a la feria para enterarse qué propuestas tiene la industria del turismo para su tiempo de ocio pero, sobre todo, va a divertirse y a pasar un buen rato. “¿Con este frío y esta lluvia?”, insistió mi amiga. Sí, con este frío y esta lluvia, e incluso al aire libre, como hicieron los valientes que visitaron el espacio de FIT Aventura.

Una vez adentro, la feria es otra cosa. Aquí hace calor. La atmósfera de los pabellones es una densa burbuja de sonidos y murmullos. Los stands de los expositores están separados por pasillos alfombrados. En cada sector, el color del piso es diferente. Todo está diseñado para destacar y llamar la atención del visitante. En su afán por sobresalir, los responsables de cada espacio no escatiman en derrochar creatividad y audacia  -y también bizarrés- en las propuestas y diseños de sus stands. Algunos apuestan por las estructuras geométricas y abstractas; otros, por algo más escénico y representativo.

En todo momento, durante la recorrida, se producen situaciones inverosímiles pero pronto me acostumbro. En seguida me resulta normal, por ejemplo, ver a un indígena guatemalteco con taparrabos fotografiar a unos bailarines de salsa o cruzarme, en una esquina, con dos pingüinos de tela plástica y una mujer voluptuosa que lleva el 3% de su cuerpo cubierto y, en la cabeza, un adorno con plumas. Por los pasillos, cientos de personas andan de acá para allá; se acercan a los expositores, hacen preguntas, cargan bolsas y papeles, hablan a los gritos.

Como siempre que vengo a FIT, la primera vuelta es al azar. Doy un paseo y me dejo llevar por aquello que llama mi atención. De esta manera, no tardo en cruzarme con dos hombres con sombreros, con forma de peces, que promocionan un destino de pesca. Más adelante, algunos curiosos se agrupan en torno a un alfajor del tamaño de una rueda de camión. No muy lejos, veo a la primera cola. Un chef con delantal y sombrero hongo corta delgadas fetas de una pata de jamón. La gente hace cola para probarlo. Y hace cola, también, para probar dulces, alfajores, embutidos, vinos, quesos, chocolate, para sacarse fotos con las promotoras y modelos, y con los “famosos” que siempre pululan por aquí. Otros stands muy concurridos son los que ofrecen cerveza tirada y otras bebidas, lo mismo que aquellos donde hay videojuegos con pantalla gigante, proyecciones audiovisuales y distintos juegos y entretenimientos para ganarse vouchers para cenas, sesiones de spa, pasajes, estadías en hoteles. La gente participa con entusiasmo de las propuestas de las empresas y los destinos turísticos.

Atravieso el stand de la región Litoral. En la parte de Misiones destaca una gigantografía de un portal de las ruinas jesuitas, y un tobogán de helechos que decora una de las paredes laterales de la estructura. A un costado hay una cola y en su extremo sobresale la cabeza casi blanca de Ingrid Grudke, que sonríe cada vez que alguien se le acerca para fotografiarse con ella. En el otro extremo del stand se encuentra el sector de Entre Ríos. Aquí han preparado una ambientación selvática con árboles, una canoa, un jeep y grandes pájaros. En el centro hay un mate gigante que, con la bombilla, alcanza más o menos unos cinco metros de altura. Pero la parte más concurrida es, sin dudas, la del carnaval. En un rincón han recreado una carroza, con máscaras enormes y grotescas y, delante de estas, chicas que bailaban sobre unas plataformas. La gente se agolpa en semicírculo, celular en mano, delante de las chicas. Algunos hombres suben con las bailarinas y, pulgar arriba, se sacan fotos con ellas. Otros solo se limitan a fotografiarlas, pero desde ángulos más estratégicos. Dos enormes hojas de camalote flotan, contra el techo, sobre toda la escena.

 En un momento me cruzo con los pingüinos que mencioné antes, señal inequívoca de que me estoy acercando a la Patagonia. El stand de la región austral destaca por la geometría abstracta de sus estructuras elevadas. Está adornado con módulos decorativos que semejan grandes cristales de nieve. En general, la ambientación es despojada. Minimalista, podría decir alguno. Las estructuras geométricas se alzan como… ¿montañas?… ¿volcanes?… vaya uno a saber. Al amparo de una de estas estructuras, un DJ manipula las perillas de su consola y sacude la cabeza.

Cada tanto me cruzo con alguno de mis colegas; saludo a un funcionario, a un empresario. Un fotógrafo amigo, muy observador obviamente, me hace notar que este año las promotoras cambiaron las calzas por vestidos cortos. Me sorprendió que dijera eso. No sabía de su interés por la moda.

Sigo caminando y me encuentro con el alfajor gigante, una de las propuestas exitosas de la provincia de Córdoba. La ambientación de esta parte del stand es la de una cocina. La gente se acerca y charla con los cocineros, prueba las cosas que van elaborando delante de sus ojos. Y también ocurre algo gracioso. Es el cartel que alguien puso contra el alfajor: “No tocar. Es de verdad”. Mientras estoy allí observando, algunas personas se acercan a la mujer que custodia el alfajor y le preguntan: “¿Es de verdad?”. La mujer, una y otra vez, explica que sí, que luego lo van a cortar y repartir. “¡Ah!”, dicen los que preguntaron, y se alejan sonriendo o murmurando algo.

Ya en la zona cuyana, descubro que el hit del stand de San Juan es un cantero con pasto en el que han puesto un dinosaurio y un cartel que dice “Yo estuve en la FIT 2013”. El anzuelo funciona. Cada uno que pasa se toma una foto junto a la maqueta del feroz bicharraco.

Continúo la recorrida por el sector internacional. Me acerco a un stand frente al cual la gente se agolpa obstruyendo completamente el pasillo. Del otro lado de la muralla humana suena una salsa. Una banda está tocando en vivo. El sonido es potente. La gente grita y aplaude. Arriba de los músicos hay un cartel que dice “Cuba”. Me abro paso hasta que veo, frente al escenario, a una mujer negra de grandes caderas que canta y baila y anima a los curiosos que se acercan. En un momento, la mujer agarra del brazo a un tipo del público y lo saca a bailar. Lo vuelve loco provocándolo con el movimiento de su cuerpo. Todos gritan y aplauden. Enfrente veo a otra mujer que se aparta del público y se acerca a uno de los músicos y se toma una foto con él, que en ningún momento deja de tocar y de sonreírle. El público ahora canta. Y estalla en alaridos cada vez que la negra menea las caderas muy cerca de su víctima.

El sonido de los tambores va quedando atrás. Antes de irme me detengo unos segundos a observar el stand de Rosario. Al pie de una silueta de cartón del Monumento a la Bandera se exhibe un vehículo del Rally Dakar. El año que viene la competencia larga desde la ciudad y Rosario apuesta a promocionarse con eso. Cerca del auto, en el piso, hay un casco y un traje de piloto. Aquel que lo desee, puede vestirse y fotografiarse junto al vehículo. Vi que un adolescente lo hizo. Y eso fue lo último que vi de la FIT 2013 antes de salir a la calle.

En este link pueden ver la galería de fotos completa

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