4 a 0 en Amaicha del Valle

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Una tarde en Amaicha del Valle, en Tucumán. Un lamentable partido de fútbol. Una escultura parecida a la tapa de un disco de Pink Floyd. Recuerdos de una visita al Museo de la Pachamama.

En mi cabeza se disparó una imagen de Amaicha del Valle. Es un recuerdo de mi mismo: me veo observando el austero valle de la localidad tucumana desde algún punto del Museo de la Pachamama. En el paisaje entran los techos de las casas de Amaicha y algunos árboles polvorientos; al fondo, las montañas.

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Estamos en Amaicha del Valle porque fuimos invitados a conocer una posada y a ver el partido de la Selección Argentina de fútbol. Es por la época del Mundial de Fútbol de Sudáfrica, en 2010.

La posada es pequeña y se la ve confortable. Tiene unas cuatro o cinco habitaciones y unos paneles la abastecen de energía solar. El restaurante es luminoso y acogedor. El único problema es que el televisor es pequeño y está ubicado muy alto. Para poder mirar la pantalla tenemos que mantener la cabeza levantada. Tomamos café con leche y comemos medialunas y tostadas con dulces caseros. De todas maneras, todo nos sabe amargo. ¡Qué manera de sufrir! Esa tarde los alemanes nos metieron cuatro goles y el Diego lucía barba candado.

Para poner peor las cosas, cuando abandonamos la posada al límite de una tortícolis, afuera el sol quema bala tierra. Alguien propone ir a visitar el Museo de la Pachamama y como el lugar no queda muy lejos vamos caminando. En la banquina, solo se escucha el ruido de nuestros pies sobre la tierra reseca, hasta que pasa una moto haciendo un ruido infernal. El ronroneo del motor desaparece en el fondo del valle y vuelve a escucharse el ruido de nuestros pies sobre la tierra reseca.

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No recuerdo mucho del museo, aunque tengo presente la imagen de una de las esculturas de piedra; apenas la veo, la asocio a la tapa del disco The Division Bell de Pink Floyd. Todo el museo es de piedra, todo está construido con piedras, dibujado con piedras. Los desniveles, escaleras y muros hacen que recorrerlo sea como deambular por una fortaleza o ciudadela.

En los muros hay diseños de animales realizados con piedras de distintos colores; las esculturas que veo son de figuras humanoides y fantásticas, mitológicas, dioses y guerreros propios de la cosmovisión de los antiguos pueblos que habitaron el valle. Y también abundan los cactus, que crecen a su antojo. En un patio, una fuente con forma de flor, está repleta de estos vegetales de aspecto fálico y espinoso.

No recuerdo mucho más, solo la luz entrando en una sala donde hay una maqueta que representa el sistema geológico de los Valles Calchaquíes. Y la tapa de un libro que compro allí: Oro para Pizarro. Una “novela incaica” que cuenta la historia de Pishcañiken Wáman, el último integrante de una familia de chasquis del imperio Inca. El joven chasqui debía atravesar todo el Imperio portando un mensaje de importancia vital. A lo largo de su camino, Pishcañiken sería testigo de los hechos históricos que darían origen al Tawantinsuyo: el Imperio de la Cuatro Regiones que llegaría a abarcar grandes territorios en Sudamérica, incluso este valle donde me encuentro y más allá de aquellas montañas.

Y como decía, no recuerdo mucho más del museo.

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