Grito toba en las vías de Caballito

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Una caminata de domingo por el barrio y el encuentro con Mburucuyá me trajo el recuerdo de otra caminata, una tarde de mucho calor, por la ciudad de Formosa. Un post sobre la flor de la pasión que crece al costado de las vías del ferrocarril.

Estos primeros días de otoño hacen a Buenos Aires más agradable que de costumbre. Y este domingo, a pleno sol, fue inevitable salir a dar un paseo. Anduve por el barrio, por la zona de la Estación de Caballito y la cancha del Club Ferro Carril Oeste. En esta parte, a ambos lados de las vías del ferrocarril, hay plazoletas con bancos y flores y allí los vecinos pasan la tarde.

Desde donde yo me había sentado, cerca del alambrado que separa la plazoleta de las vías, observé a las personas tomando mates, pateando una pelota, paseando perros y niños, leyendo. Al alambrado, casi en su totalidad, lo cubría una enredadera: era la Pasionaria, y varias de sus flores emergían entre los verdeantes borbotones del follaje. Nada más verlas, mi mente empezó a trasmitir el recuerdo de una tarde en la ciudad de Formosa.

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Era en verano, hora de la siesta, y la calle parecía un sauna. No tenía sentido buscar la sombra. El calor humedecía hasta los huesos a cada paso que daba, pero quería aprovechar el poco tiempo libre que tenía para ver la ciudad y conseguir una librería. Buscaba un libro de leyendas guaraníes. Para mi sorpresa, pronto encontré dos librerías; en la única que estaba abierta conseguí un libro que no era lo que buscaba pero igual me lo quedé. Se trataba de una edición de autor, bastante desprolija, que decribía mitos y leyendas conocidos más otras historias de trasmisión oral recopiladas por el autor: Braulio Sandoval. Además de las fotos pixeladas que ilustraban las leyendas, el libro incluía un CD con las mismas historias del libro relatadas por el autor. La de la flor de Mburucuyá o Pasionaria es una de esas historias, y en ella se cuenta la leyenda de la flor de la pasión:

Dicen que en algún lugar de la región del Gran Chaco vivía una hermosa joven, hija única de un terrateniente ambicioso de apellido Miranda y huérfana de madre. Un día que paseaba por la orilla de un río, Dorotea –así se llamaba la heredera- conoció a un joven toba. Como muestra de amistad, el hijo de la selva le obsequió a la niña su más bonita flecha. Desde aquel día, todas las tardes, los jóvenes se encontraban en secreto y felicidad a la orilla del río. Hasta que un día, el padre le presentó a Dorotea a su futuro esposo, un joven rico y elegante de quién obtendría campos y ganados. Miranda era el hombre más feliz del mundo; en cambio, desde ese momento y día tras día, la felicidad de su hija se fue apagando hasta convertirse en la más angustiante tristeza. Fue la tía -la única que sabía de la relación de Dorotea con el toba- quien le contó al padre de la joven cuál era la causa de la tristeza de su hija. Miranda enfureció. Al día siguiente, cuando la chica fue a encontrarse con su amigo como de costumbre lo halló muerto, con un balazo en el corazón. El desconsuelo de Dorotea fue tal que no dudó en clavarse en su pecho la flecha que el indio le había regalado el día que se conocieron. Muertos, desangrados uno encima del otro, los encontró la tía que sabiéndose culpable de la suerte de ambos ahí mismo, debajo de un algarrobo, los enterró.

Se cuenta también que a la primavera siguiente de haber ocurrido estos hechos, sobre la tumba de los jóvenes amantes creció una flor de extraña belleza. Por la actitud de morir por su amor verdadero los cristianos llamaron a esa flor de la pasión o Pasionaria. Cuando los tobas se enteraron de la muerte de los amantes gritaron a los vientos: “¡Mburucuyá! ¡Mburucuyá! “, y así la semilla del amor prohibido se esparció por la selva formoseña y la región del Gran Chaco.

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Los bocinazos de la locomotora que se acercaba interrumpieron el recuerdo formoseño y me devolvieron a la realidad inmediata. Desde donde me encontraba observé a la enredadera brillar de tan verde y a sus flores, abiertas como radares, captar toda la atención de la luz y los insectos. El tren por fin terminó de pasar hacia la Estación de Caballito. Yo me quedé allí un rato más, sintiendo cómo el sol calentaba mi cuerpo, y tomando notas en el celular de algunas ideas para este post. Luego me acerqué al alambrado y saqué unas fotos. Con cierta gula y arrebato, mariposas y abejorros se disputaban las flores.

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