ruta 40

Un otoño anterior (en la Ruta 40)

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Cuando me da nostalgia de algunos lugares que he visitado suelo ojear las libretas de apuntes de mis viajes. Siempre encuentro una frase que me dispara una imagen o un instante de esos momentos del pasado que siempre se mantienen latentes en la memoria.

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Lo último que encontré fue una anotación que me llevó a una tarde soleada en la Patagonia. Rodábamos por un tramo de la Ruta 40 que serpentea por la Cordillera de los Andes. Íbamos en una combi y algunos de los que viajaban conmigo jugaban al truco.

Yo miraba el paisaje y pensaba en la inconmensurable belleza de esta región. Millones de años de transformaciones geológicas y millones de kilómetros cuadrados de formas y colores que, al observarlas y sentir su existencia, nos producen cosas.

Pensaba en que todo ese territorio de la Patagonia alguna vez había sido mar, y en el hecho de que transitarla era en sí mismo una experiencia. Luego, por supuesto, estaba la gente con sus historias, sus conflictos y su futuro.

Pensaba en estas cosas cuando alguien gritó “quiero re truco” y yo, con un gesto natural, anoté en mi libreta:

El paisaje tiene las mejores cartas de la partida: siete de lagos, tres de nieve y ancho de arrayán.

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