Paseos por El Callao

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El Callao, en Perú. El Callao lo es todo: provincia, ciudad, barrio, puerto, aeropuerto, puerta de entrada a Lima y al país. Y es, desde el siglo XVI, punto de inicio de una nueva era en la historia de Perú. El Callao: fragmentos y seis palabras.

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Aterrizaje

La primera vez que vi a El Callao desde la ventanilla de un avión sentí un desengaño. En mi imaginación, El Callao era una babel bullendo de actividad y gritería, marineros trepando a los mástiles para desplegar las velas, negreros bebiendo alcohol, hombres con espadas en la cintura gritando órdenes en distintos idiomas, el metal fluyendo.

Esclavos, comerciantes, asesinos, guerreros, megalómanos, científicos, piratas, viajeros: todos éstos eran los personajes que yo había sacado de los libros de historia. La imagen que tenía de El Callao pertenecía al siglo XVI y con ella llegué a Perú, por primera vez y en avión, en el siglo XXI.

Nada de eso había (quién sabe) pero muchas otras cosas habían pasado. Cosas violentas. A lo largo de su historia El Callao fue un sitio geopolítico estratégico, codiciado por las potencias imperialistas de la época, y por eso debió resistir ataques de todo tipo: de piratas y corsarios y de la armada española, pero también de la naturaleza. En 1579 resistió el ataque del inglés Francis Drake y en 1624 el del holandés Jacobo Clerck. En octubre de 1746 un terremoto y un maremoto arrasaron con la villa de El Callao y la vida de casi cinco mil personas. Y pese a estas desgracias y muchas otras, allí siguen y seguirán los chalacos (como se les dice a los habitantes de El Callao), en su lugar junto al océano.

En la actualidad, El Callao es una doble puerta de entrada a Perú: es el puerto más importante del país y el aeropuerto de referencia de Lima. La capital de Perú está a menos de 15 kilómetros del Aeropuerto Internacional Jorge Chávez.

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Corona

La Fortaleza del Real Felipe, último bastión español del Perú. Es una de las construcciones militares más grandes realizadas en América por la corona española. Detrás de estos muros que forman un pentágono resistió el último puñado de hombres fieles al poder del imperio cuyos tentáculos llegaban desde el otro lado del mundo. La construcción de la fortaleza, iniciada en 1747, demoró treinta años en concluirse.

En los alrededores de la Fortaleza del Real Felipe las calles son estrechas y muchas de ellas están adoquinadas. Por todos lados se ven quioscos ambulantes y carritos de comida donde desayunan las personas que madrugan para ir a trabajar. Veo muchas casas deterioradas y pienso que en algún momento debieron de verse bellísimas con esos balcones de maderas, con sus colores chillones. Me pasó un par de veces doblar en una esquina y desembocar en una calle un tanto sórdida, y un par de veces los vecinos -sentados a la puerta de sus casas- me advirtieron, señalando mi cámara, que por allí no siguiera avanzando, que mejor me fuera para otro lado.

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Colores

Como ocurre a lo largo de toda la costa de Perú, El Callao también es sensible a la influencia de las corrientes marinas del océano Pacífico, y casi la mitad del año, aproximadamente entre abril y septiembre, el cielo permanece nublado. Un largo tiempo gris para los chalacos. Y mientras camino por la zona de Chucuito pienso que, tal vez, ese fenómeno meteorológico tenga algo que ver con que la ciudad sea tan colorida.

Me dijeron que alguna vez se intentó crear en El Callao una zona con cierta atmósfera aristocrática, y tal vez por un tiempo lo hayan logrado. Basta dar un paseo para encontrar aún caserones que resisten el paso del tiempo y el rigor del clima coster. Algunas construcciones perfectamente restauradas y un poco de imaginación nos permiten atisbar en ese pasado de esplendor.

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Islas

Pequeñas y coloridas embarcaciones están amarradas al pie de una escalera que baja desde la dársena. Son las que realizan las excursiones al archipiélago de El Callao. Varias personas me ofrecen paseos  que van hasta una isla donde hay una colonia de lobos marinos y a otra, llamada el El Frontón, que queda a unos siete kilómetros de la costa. Esta última isla, deshabitada durante siglos, desde que fue descubierta por el hombre tuvo diferentes usos: fue punto de atraque de piratas y corsarios, cárcel de máxima seguridad y escenario de una masacre. Toda ella, cuya silueta puedo ver desde la costa, es pura roca pelada.

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Agua

Bajando hacia el sur desde la Plaza Grau doy un paseo por la costa. Hay un muelle con decenas de veleros y algunos yates y otras embarcaciones más pequeñas que avanzan a fuerza de brazos. Las playas, angostas y de piedra, salen del mar y trepan hacia la acera, ahí nomás de la rutina de todos los días. A esta hora, poco después del mediodía, la gente se acerca hasta aquí para comer o simplemente echarse a descansar sobre los cantos rodados. Del otro lado, en la primera calle paralela a la playa, hay un paseo gastronómico que se extiende por dos o tres cuadras; aquí, los restaurantes están pegados uno al lado del otro y ofrecen una gran variedad de platos. Es una zona muy animada donde también hay un mercado donde los puestos ofrecen, además de frutas y verduras y otros alimentos, barras para tomar una cerveza o almorzar.

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Pelícanos

Desde la plaza Miguel Grau observo a los hombres que trabajan en el faro que hay en la entrada de la dársena. En la parte superior, el faro tiene un reloj. Y mientras estoy ahí, mirando como pintan y limpian el faro, imagino que uno de los trabajadores hace girar las agujas en el sentido inverso al acostumbrado y que el tiempo retrocede trescientos o cuatrocientos años, hasta la imagen de El Callao que tanto tiempo había vivido en mi cabeza. En mi fantasía, y a medida que las agujas van girando, los barcos, las grúas, los containers y los camiones que le dan vida y dinamismo a El Callao se van transformando en galeones, esclavos que cargan lingotes de oro y plata, bolsas de cuero apiladas en barracones hediondos y carretas que transportan víveres y mercancías hacia la Ciudad de Los Reyes… pero el hombre no hace girar las agujas del reloj y pronto mi atención vuelve al muelle, donde se han acercado unos pelícanos.

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Pueden ver más fotos en mi tablero de Pinterest dedicado a El Callao

2 Comentarios

  1. Cuando los chalacos quieren ponerse nostálgicos, piensan en el sol… Gracias por el paseo!

  2. Pingback: viajar a capitales sudamericanas LIma Santiago Montevideo y Buenos Aires

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