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John Byron, naufragio en las costas patagónicas

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Reseña del libro de John Byron que narra la odisea que vivió en 1740 cuando el buque en que viajaba naufragó en las costas patagónicas del Pacífico.

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En septiembre de 1740 una poderosa escuadra al mando de Lord Anson zarpó de Inglaterra rumbo a los mares del sur con la misión de terminar con la dominación española del Pacífico. Cinco meses después, al dar la vuelta por el Cabo de Hornos, fuertes tormentas dispersaron a la flota, hundiendo algunas embarcaciones y arrojando a otras contra las rocosas costas del fin del mundo. Una de las embarcaciones que perdió la conexión con la escuadra británica fue la Wager, un buque que terminó naufragando al norte de la desembocadura oeste del Estrecho de Magallanes, en el océano Pacífico. En este buque viajaba un Guardiamarina de 17 años, John Byron, quien junto a un grupo de marinos se vio obligado a pasar las más terribles situaciones para sobrevivir en una tierra desconocida, inhóspita y salvaje.

Los que resistieron el naufragio y alcanzaron la costa fueron unos ciento cincuenta hombres, entre marineros y un puñado de oficiales. La mayoría pereció pronto: muchos de ellos ahogados, intentando rescatar alimentos de la embarcación semi hundida cerca de la costa;  otros, debido al hambre, las enfermedades y el frío; otros murieron perdidos en los bosques de la cordillera intentado huidas desesperadas o bajo las flechas de los nativos. Muchos se las ingeniaron para rescatar las barricas de alcohol del barco naufragado y beber hasta morir o matarse entre ellosen medio de un delirio etílico. Mientras tanto, Lord Anson, sin mirar atrás y dejando librados a su suerte a sus marinos, se refugiaba en una isla más al norte.

El grupo inicial enseguida quedó diezmado. Los pocos que sobrevivieron, sin abrigo ni alimentos más allá de raíces magras y algunos bocados de osamenta podrida, tomaron la decisión suicida de emprender la marcha hacia el norte por un territorio completamente desconocido para el europeo.

Sobre este punto, John Byron escribió: “comenzaba a susurrarse algo sobre el tremendo y último recurso que otros han tomado en circunstancias no más difíciles que la nuestra, de condenar un hombre a muerte para que sirva de alimento a los demás y, en verdad, había varios de nosotros que, a fuerza de comer crudo cuanto encontraban, se habían convertido poco menos que en caníbales”.

Pero no tuvieron que llegar a tal extremo, o al menos el marino no lo cuenta. Al poco tiempo de deambular, famélicos y extenuados, se encontraron con un grupo de nativos canoeros de la Isla de Chiloé gracias a los cuales, y a pesar de ellos, lograron mantenerse con vida. Lo mejor que podemos decir de los nativos es que no los mataron, porque según cuenta John Byron el trato que les prodigaban era más miserable que el que tenían con sus propios perros y por un tiempo fueron básicamente esclavos remeros.

Un pasaje de la narración John Byron cuenta que luego de haber remado desde la mañana hasta la noche, sin haber comido nada durante toda la jornada, llegaron a una playa y enseguida los nativos se perdieron de vista. El quedó sobre las rocas de la costa, exhausto: “llovía con violencia y estaba sumamente oscuro. Pensé que lo mismo daba quedarme junto a la ribera como irme a meter en un pantano, debajo de los árboles que goteaban. En tan triste situación me quedé dormido, y desperté tres o cuatro horas más tarde, presa de calambres tan vivos que me pareció que iba a quedar muerto allí mismo. Varias veces traté de enderezarme sin poderlo conseguir. Por último hice un esfuerzo para ponerme de rodillas y mirando en dirección al bosque divisé una gran fogata. Durante largo rato anduve gateando para acercarme y cuando llegué casi me metí en medio del fuego con la esperanza de encontrar algún alivio a las penalidades que sufría. Esta intromisión disgustó grandemente a los indios que de inmediato se levantaron dándome puntapiés y golpeándome hasta arrojarme a cierta distancia”.

En este plan, John Byron y otros dos compañeros llegan a la Isla de Chiloé, donde las autoridades españolas los toman prisioneros. Así permanecieron varios meses hasta que, en diciembre de 1742, un buque de abastecimiento de las colonias españolas proveniente de Lima llegó a la isla. Cuando el buque volvió a zarpar, los prisioneros siguieron su periplo rumbo a Santiago de Chile.

En Santiago, Byron y sus compañeros permanecieron prisioneros, pero con muchos privilegios. Durante su estadía fueron la novedad y, además de que podían andar libremente, eran invitados por las familias acomodadas para escuchar sus historias. Así, en calidad de prisioneros de la corona española, estuvieron dos años, hasta que un buque francés partió hacia Europa llevándolos en diciembre de 1744.

Son muy ricas, aunque escasas, las descripciones que hace Byron sobre diversos aspectos de la sociedad colonial, como la vestimenta, la comida, las costumbres, la arquitectura, las celebraciones, y la ciudad, donde “no había más que extravagancia, locura y vicio”.

Sin embargo, una vez en Europa, no acabaría fácilmente la odisea. Antes, los prisioneros debieron negociar su libertar y conseguir recursos para regresar a Inglaterra. John Byron llegó a su patria a comienzos de 1746, seis años después de haber zarpado para piratear en los mares del sur.

“John Byron, naufragio en las costas patagónicas” fue publicado por primera vez en español en Chile en 1901. Esta edición que leí, realizada en Argentina por Ediciones del Sol, es de 1996 y está basada en ese primer texto.

Curiosidad: cuando esta narración se publicó originalmente en Inglaterra en 1768 tenía el absurdo título de:

“Byron’s Narrative; containing an account of the great distress suffered by himself and his companions on the Coasts of Patagonia; from de year 1740 with a Description of Santiago de Chili, and the Manners and Customs of the Inhabitants. Also, a Relation of the loss of the Wager man of war, one of admiral Anson’s squadron”.

John Byron murió en Londres en 1786,  a los sesenta y dos años, con el cargo de Contraalmirante. En 1764 había realizado un viaje científico alrededor del planeta que duró 22 meses. Sobre este viaje escribió la Relación del viaje alrededor del mundo, que fue publicada luego de su muerte.

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