ceviche

El mejor ceviche del mundo

| 0 Comentarios

Cómo el momento menos esperado puede convertirse en la mejor experiencia gastronómica de tu vida.

ceviche

Me encontraba en Perú disfrutando unos días en las hermosas playas de Máncora cuando surgió la posibilidad de ir a visitar Cabo Blanco, un pequeño pueblo pesquero ubicado unos 30 kilómetros más al sur.

Salimos por la vieja carretera costera, bañada por el sol y por las olas del océano Pacífico. Hacía un calor terrible y el polvo que se desprendía de los cerros por entre los que avanzábamos flotaba como una nube adentro de la cabina del  Jeep. Cada tanto, parábamos para dar una zambullida en el agua y seguíamos camino.

En El Ñuro, otro pueblo pesquero que queda unos kilómetros antes de Cabo Blanco, paramos para tomar unas fotos. En el muelle se descargaba la pesca del día mientras otros pescadores trajinaban con arreglos en embarcaciones que yacían sobre la arena.

Cientos de pelícanos y otras aves sobrevolaban los cajones de pescados y otras tantas, literalmente, copaban los barcos que se bamboleaban sobre sus reflejos cerca de la costa.

Hacía un rato que estábamos por ahí, dando vueltas y charlando con los pescadores, cuando alguien llegó con la noticia de que no muy lejos se habían visto dos ballenas. Unos minutos después, con otras cuatro personas, saltaba a una lancha.

A medida que nos alejábamos de la costa, corcoveando entre las olas,  el motor fuera de borda iba abriendo una huella de espuma sobre la superficie turquesa del océano.

Nos tomó un buen rato alcanzar a las ballenas. Una madre con su cría. Nos pusimos a buena distancia para apreciarlas con tranquilidad y para la foto, pero a la hora de disparar me resultó casi imposible estabilizar el horizonte por el oleaje. Y poco tiempo después emprendimos el regreso.

Volvíamos tranquilos, saltando olas, mirando la costa lejana y las aves que nos pasaban a pocos metros sobre la lancha. En un momento, el dueño de la lancha nos pregunta si teníamos hambre. Sin pensarlo le decimos que sí, porque hacía rato que habíamos salido de Máncora y nos habíamos embarcado en esta aventura de las ballenas y la noción del tiempo se había esfumado. No sé qué hora era en realidad, pero sí que hacía calor y que ahora que el hombre lo decía caíamos en la cuenta de que teníamos hambre. Entonces el hombre paró el motor y dice: bueno, quién quiere pescar.

ceviche

Unos segundos después, los anzuelos volaron al agua. El hombre nos había dado unas tablitas con unos cuantos metros de tanza enroscada. No tardamos mucho en sacar unos cuatro o cinco peces. Me acuerdo de uno, muy particular, llamado diablo rojo o algo parecido, y otros de color amarillo.

A medida que los íbamos sacando, el hombre los limpiaba y fileteaba y los iba poniendo sobre una tabla. Luego, el ayudante del hombre, cortó unos limones y unas cebollas, lo adornó con unos tomates y nos los ofreció en una bandeja. Para ustedes, ceviche.

ceviche

Ese fue mi mejor ceviche del mundo.

Deja un comentario

Campos requeridos marcados con *.