inti raymi

Inti Raymi en Huacalera

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Inti Raymi es una celebración que los pueblos andinos realizan durante el solsticio de invierno. Durante la ceremonia se canta, se baila y se sacrifica un animal. Se honra al dios Sol.

Ayer fui a leer a la plaza del barrio. El día estaba frío, pero cuando el sol asomó por un rato y me entibió el cuerpo esa agradable sensación me transportó en el tiempo, a un viaje a Jujuy que hice hace varios años y a una imagen en especial. Era también el día más corto del año.

La escena transcurría en Huacalera, la madrugada de la víspera del solsticio de invierno. Hacía un frío que helaba los huesos y yo me había sumado a una de las hogueras que se habían encendido en torno al reloj solar, allí donde un obelisco indica el paso de la línea imaginaria del  Trópico de Capricornio. Las llamas iluminaban rostros curtidos de personas que habían ido llegando durante la noche. Cada tanto, algunos hablaban entre sí pero era imposible entender lo que decían. Un frasco con una bebida incierta que quemaba las tripas como fuego circulaba de mano en mano.

Recuerdo un hombre que de pronto salió de la noche. Caminaba lentamente por el sendero de tierra que se desprendía de la ruta. Estaba descalzo. A paso lento atravesó la humareda y se dirigió hacia el fondo donde brillaba la hoguera más lejana. Se oyó un murmullo, una emoción respetuosa como cuando llega alguien largamente esperado. Tuve la sensación de que era alguien importante, un chamán.

Las horas pasaron. El lomo ondulado de la cordillera se fue dibujando sobre un cielo que pasaba del negro al azul oscuro. Mucha gente había llegado durante las horas de la madrugada y ahora estaban reuniéndose cerca del monolito. Me uní a ellos, todos de pie, mirando hacia donde el sol debía aparecer en algunos minutos. Mis orejas, mis manos y mis piernas seguían entumecidas cuando un brillo dorado asomó sobre las montañas. Una Whipala que flotaba sobre nuestra cabeza encendió sus colores. Como todos, alcé las manos con las palmas abiertas y con los ojos cerrados esperé a que el primer rayo de sol tocara las yemas de mis dedos.

Un rato después formamos un círculo en torno a un hueco cavado en la tierra. Alrededor de la boca había maíces, cuencos con semillas, papel picado multicolor. Algunas personas se acercaban y dejaban un cigarrillo a medio fumar como ofrenda, otros derramaban un chorro de chicha o de vino. Unas niñas vestidas con atuendos rituales se acercaron e hicieron reverencias. A un lado, un brasero quemaba hierbas que aromatizaban la mañana.

Junto al hueco había un hombre arrodillado. Murmuraba algo, una letanía, como para sí mismo o para nadie. Junto a su pecho aferraba una llama del color de la nieve. El animal parecía tranquilo y estaba adornado con cintas de colores. Un hombre más joven se acercó. Todas las miradas se clavaron en la mano que sostenía el cuchillo. Rápido y sin vueltas, con un movimiento veloz y preciso, hundió el metal en el cuello del animal. Un chorro de sangre se derramó en la tierra y otro hombre se acercó a llenar un cuenco que luego alzó hacia el sol.

Aún hoy, varios años después, hay una imagen que no se borra de mi memoria. Veo el animal luego del sacrificio aflojándose en los brazos del hombre que lo sostiene, y su mirada, en el instante final en que la vida lo abandona, clavada en mis ojos. Inti Raymi.

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