nellie bly la vuelta al mundo en 72 días

La vuelta al mundo en 72 días, Nellie Bly

| 0 Comentarios

¿Podría una mujer sola dar la vuelta al mundo en 1889 para romper el récord de un personaje de ficción? Si esa mujer se llama Nellie Bly, la respuesta es sí.

nellie bly la vuelta al mundo en 72 días

En1889 Nellie Bly le propuso al editor del diario donde escribía, The New York World, realizar un viaje alrededor del planeta para romper el récord de Phileas Fogg, el protagonista de la novela de Julio Verne “La vuelta al mundo en 80 días”.

Con argumentos basados en prejuicios como “una mujer por seguridad no puede viajar sola” o “las mujeres llevan mucho equipaje”, la propuesta de la periodista fue rechazada: “Es imposible que lo puedas hacer”, fue la respuesta.

Sin embargo, algunos meses después, una mañana, el editor del diario la llamó y le dijo que si aun estaba dispuesta a realizar el viaje alrededor del mundo podría hacerlo… siempre y cuando partiera al día siguiente. El desafío fue aceptado.

En menos de veinticuatro horas Nellie Bly logró que un sastre, con sugerencias propias de diseño, le confeccionara un vestido especial, el único que usaría durante todo el viaje.

Y a la mañana siguiente, el 14 de noviembre de 1889, partió de New York a bordo del Augusta Victoria, sola, luciendo su único vestido y con unas pocas cosas en un pequeño bolso de mano, rumbo al puerto británico de Southampton.

El plan de Nellie Bly para dar la vuelta al mundo era lograr hacer las mejores combinaciones de tren y barco entre Londres y Japón. Y también contar con la buena suerte de no sufrir ningún imprevisto que la desviara del plan original.

Una vez en territorio británico, y a costa de más de 48 hs sin dormir, la cronista se desvió de su itinerario para hacerle una visita fugaz a Julio Verne y contarle su desafío. Fueron unas pocas horas, pero Nellie Bly se ganó el corazón y la amistad del escritor.

Antes de despedirse, Verne le pregunta cuál será su itinerario y tienen el siguiente diálogo:

-El itinerario del viaje es ir de New York a Londres, de ahí a Calais, Brindisi, Port Said, Ismailía, Suez, Adén, Colombo, Penang, Singapur, Hong Kong, Yokohama, San Francisco y nuevamente a Nueva York.
-¿Por qué no va a Bombay como lo hizo mi héroe Phileas Fogg?- me preguntó el señor Verne.
-Porque estoy más ansiosa de ahorrar tiempo que de salvar a una viuda joven- le respondí.
-Tal vez salve a algún viudo joven antes de su regreso- respondió el señor Verne con una sonrisa.
Yo sonreí condescendiente, como todas las mujeres sin compromisos ni ataduras siempre haremos ante estas insinuaciones.”

De esta visita a Verne, en la crónica hay otras anotaciones interesantes, como cuando el escritor le cuenta de dónde sacó la idea para escribir su novela, de cuando visitan el estudio donde Verne escribía, pero sobre todo el párrafo dedicado a la despedida, cuando luego de chocar unas copas de vino y de desearle buena suerte, la esposa del escritor, que había estado presente durante toda la visita, pide permiso para besar a Nellie Bly:

No estaba acostumbrada a esta clase de formalidades o familiaridades, según como uno lo considerase, pero nunca se me cruzó por mi mente rechazar un gesto tan delicado, así que le di la mano e incliné la cabeza, porque era más alta que ella y me besó con suavidad y afecto ambas mejillas. Entonces levantó su bello rostro para que yo hiciera lo mismo. Reprimí una inclinación fuerte a besarla en los labios, tan dulces y rojos, y mostrarle cómo lo hacíamos en los Estados Unidos. Mi picardía, muchas veces, echaba a perder mi dignidad, pero por una vez logré contenerme y la besé con suavidad, a su manera.

Y como ya había dicho, inmediatamente siguió camino hacia el puerto italiano de Brindisi.

Teniendo en cuenta la velocidad de los medios de transporte de la época, el viaje de Nellie Bly tuvo un vértigo de locura debido principalmente a la dependencia de los enlaces que, a su vez, dependían en muchos casos de las condiciones climáticas, sobre todo los tramos en barco.

Nellie Bly es una mujer de acción y su relato nos va pintando una caracterización de ella misma: ansiosa, decidida, competitiva. Es, además, una observadora crítica e irónica, todas cualidades que se plasman en la crónica. Por supuesto, lleva además del escaso equipaje sus prejuicios y una buena carga de nacionalismo.

No hay que perder de vista que en esa época la potencia mundial era Gran Bretaña (en la mayoría de los lugares a donde llega ve flamear la bandera imperial) y la moneda dominante es la libra esterlina. De hecho, uno de los objetivos del viaje era constatar qué tanto se conocía en el resto del mundo su moneda nacional, el dólar. Recién en la isla de Ceilán (actual Sri Lanka) corroboró que se usaban dólares, pero no como moneda corriente sino como adorno o símbolo de estatus, un uso simbólico.

La crónica de Nellie Bly es sobre todo descriptiva y tiene dosis muy sutiles de humor e ironía. Su ojo está puesto en caracterizar a sus ocasionales acompañantes de viaje y en los medios de transporte que utiliza. Los barcos, pero principalmente los trenes ingleses, son el foco preferido de sus críticas. Con los trenes tiene un ensañamiento especial.

Otra cosa que llama mucho la atención, y que más de cien años después no deja de estar en sintonía con los tiempos actuales, es que la autora se fija mucho en las cuestiones de género y de situaciones de desigualdad entre el hombre y la mujer. A fines del siglo XIX, Nellie Bly era feminista.

La única reflexión que hace sobre el viaje, es decir, una reflexión donde parece que se toma un momento para tomar conciencia de ella misma siendo en el viaje, aparece durante el tramo entre Hong Kong y Canton:

Tan pronto zarpamos, cayó la noche. Me fui a cubierta, donde todo estaba en penumbras. El buque se desplazaba con un ritmo suave y parejo, el único sonido -y el más refrescante y reparador- era el de las olas golpeando contra el barco. Sentarse en una cubierta solitaria, con un cielo iluminado por las estrellas como única luz, oyendo el ruido del agua besando la proa del barco, es, para mí, el paraíso. Me pueden hablar de la compañía de un hombre, del esplendor del sol, de la suavidad de la luna, de la belleza de la música… pero denme una reposera en una cubierta solitaria, alejada del mundo con sus prejuicios, sus preocupaciones y sus ruidos, denme el resplandor del sol y la luz fría de la luna opacada por la negrura densa de la noche. Déjenme descansar arrullada por el mar ondulante, en un nido de oscuridad aterciopelada, y que mi única luz sea el centelleo suave de la infinidad de estrellas en el cielo negro; mi música, la ronda de las olas golpeando, arrullando la mente y calmando el pulso; y mi única compañía, mis propios sueños. Denme eso y seré plenamente feliz”.

Sin embargo, este tipo de reflexiones o pensamientos no son habituales en la cronista, siempre enfocada en retratar cómo se comportar las personas en los lugares que visita. Su espíritu se resume en las dos frases que siguen al párrafo anterior: “Pero basta de soñar. Este era un mundo competitivo y estaba corriendo una carrera”.

Y así era efectivamente, porque cuando llega a Hong Kong se entera de que hay otra mujer, periodista de la revista Cosmopolitan, que está haciendo el mismo recorrido que ella pero en dirección contraria. ¿Cuándo su editor le propuso salir de viaje de un día para otro sabían en el diario de este otro viaje? Tal vez.

Cuando desembarcó en San Francisco – aún le quedaba cruzar el país en tren- Nellie Bly no se imaginaba lo que su travesía había generado en el público estadounidense. Era considerada una heroína y en cada ciudad donde se detenía la esperaba una multitud que quería conocerla, saludarla, agasajarla. Era tal el involucramiento de la sociedad que la propia compañía de trenes puso, en alguna ocasión, un servicio especial y exclusivo para ayudarla a cumplir con el desafío.

Finalmente, el 25 de enero de 1890, Nellie Bly llegó a New York con el objetivo cumplido. No solo había batido el récord del personaje aventurero de Julio Verne, sino que había hecho el recorrido en 72 días, tres días menos del tiempo que había previsto. Era la periodista más popular de Estados Unidos. Tenía 25 años.

Sobre Nellie Bly

Elizabeth Jane Cochran, nombre real de la cronista, nació el 5 de mayo de 1864 en Cochran’s Mills, Pensilvania. Empezó a trabajar de periodista por principios y actitud, rasgos que destacarían su personalidad y su carrera en el oficio. Cuando tenía veinte años, la lectura del editorial de un diario titulado “Para qué sirven las chicas”  (que proponía una visión machista que reducía a la mujer al entorno de las tareas del hogar y la maternidad, poco más que un objeto doméstico) la motivó a escribir una carta al periódico. Impactado por el escrito, el editor de la publicación puso un anuncio invitando a “La pequeña niña huérfana” –como había firmado la carta- a visitar la redacción del periódico. Elizabeth fue a ver al editor y aceptó la propuesta de escribir una refutación del editorial machista. La respuesta fue un artículo titulado “La chica rompecabezas” que tuvo un éxito explosivo entre los lectores. Fue el comienzo de la carrera periodística de Nellie Bly.

Otra curiosidad sobre la personalidad de Elizabeth: eligió el seudónimo de Nellie Bly porque este era personaje de una canción popular de mediados del siglo XIX que hablaba de una mujer a la que su marido la mandaba a agarrar la escoba. Y siempre se resistió a escribir “notas” de tipo “doméstico”, de esas que actualmente son las más leídas en los diarios.

Este libro es una rareza en la trayectoria periodística de Nellie Bly, no solo por la concepción y por cómo se dio, sino porque ella era esencialmente una periodista de investigación y una reportera de acción.

A los 20 años se hizo internar en una clínica psiquiátrica para denunciar los malos tratos que recibían allí los pacientes y a los 21 fue a cubrir la guerra mexicana, país de donde tuvo que huir por criticar al gobierno de Porfirio Díaz.

“La vuelta al mundo en 72 días”, de Nellie Bly fue publicado por Los Lápices Editora en 2018. El libro incluye un prólogo de María Rosa Lojo.

Deja un comentario

Campos requeridos marcados con *.