En el país del viento: crónicas patagónicas de Roberto Arlt

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Durante los meses de enero y febrero de 1934 Roberto Arlt viaja a la Patagonia como cronista del diario El Mundo. El autor de “El juguete rabioso” visita Río Negro y Neuquén, pasando por Carmen de Patagones, Viedma y Bariloche. Cruza el territorio en el Tren Patagónico. Es la misión que todo cronista de viajes desea tener: contarle a los lectores sus experiencias en un lugar desconocido.

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Es en la década de 1930 cuando Arlt se convierte en un periodista viajero que sale de la ciudad de Buenos Aires para buscar nuevas historias que contarle a su público. En 1930 había viajado a Uruguay y Brasil y en 1933 realizó un recorrido por el litoral argentino a bordo de un barco de carga.

Las notas que integran “En el país del viento” fueron publicadas entre el 11 de enero y el 19 de febrero de 1934. En ellas aparecen retratos de personajes, de pueblos y parajes, historias y anécdotas que va escuchando Arlt por el camino. Las notas no respetan un eje temático y saltan de tema en tema (típico de Arlt), y solo respetan el orden cronológico y geográfico del viaje.

El nombre del libro hace referencia a Neuquén. “Todo está aquí sometido al imperio del viento, que sopla, aúlla, se queja y brama”, dice Arlt y en su libreta apunta que las llanuras, desde la cordillera hasta el océano Atlántico, “están en continuo barridas y limadas por su ola elástica e invisible”.

En estos párrafos que quiero compartir, Arlt relata la escena de un asado durante una parada previa a una cabalgata nocturna. Los elegí porque en ellos se puede apreciar un Arlt al natural, con descripciones simples y directas, sin metáforas, que para mí lo acercan a las descripciones de Jack London.

“Estamos en el fondo del valle, junto a un arroyo. Yo he aflojado la cincha de los caballos para que pasten. José Quintriqueo ha tomado una rama grandecita, con el cuchillo la ha raído, le ha hecho punta, luego sacando de una bolsa un costillar de cordero, lo ha ensartado. Vivas lenguas de fuego naranja lamen tres troncos ennegrecidos. Yo me he sentado en el suelo apoyando la cabeza en el tronco de un maitén, y miro un petirrojo de pecho escarlata revolotear de rama en rama. Sopla una ligera brisa que arranca de las ramas encendidas altas llamaradas. La grasa se desprende en lluvia del costillar ladeado sobre el fuego, y chisporrotea al caer encima de las brasas. Aparto la mirada del fuego. Aunque el fondo del valle permanece en la penumbra, las lomas brotan soleadas como si las iluminara el sol de un mediodía triste. En la cresta de los cerros las grandes piedras tienen perfiles humanos, prehistóricos.”

En el párrafo que sigue, Arlt y el baqueano que lo guía ya van cabalgando:

“Toda la pedrería de la Vía Láctea luce sobre nuestras cabezas. Tan nítidamente que la lechosidad de las nebulosas parece el resplandor de una luna escondida. Marchamos en las tinieblas. Los caballos con las riendas sueltas. Ellos conocen el camino. A momentos tengo la sensación de que andamos a la orilla de peligrosos barrancos, bordeando precipicios; luego, tomamos por huellas anchas, a veces nos detenemos al borde de orillas donde hay gran ruido de agua, los caballos inclinan la cabeza y les dejamos beber, cruzamos, sobreviene otra vez la llanura, y la Vía Láctea es la más extraordinaria calle del cielo que puede mirarse sin fatiga en los ojos ni en el entendimiento.”

El libro “En el país del viento” – Viaje a la Patagonia (1934), fue publicado por la editorial Simurg.

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