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Cosmópolis, de Fabián Soberón

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¿Por qué y para qué escribir sobre una ciudad? ¿Es posible que Nueva York nos revele su alma? Fabián Soberón deambuló durante semanas por Cosmópolis buscando estas respuestas.

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Cosmópolis es la crónica de una estadía de varias semanas en Nueva York. Tal vez hayan sido dos o tres meses. No sabemos esto con exactitud así como no sabemos mucho más acerca del autor. Pero a medida que avanzamos con la lectura de Cosmópolis se nos van revelando otras cosas, no por lo que Soberón nos dice directamente de sí mismo sino por cómo cuenta la ciudad.

En principio, arrancamos sabiendo que Soberón es escritor. Que viajó a Nueva York para presentar un libro. Que lo acompañan su esposa Denise y sus hijos Bruno y Catalina.

También, que la familia está alojada en un pequeño departamento en Prospect, Brooklyn y que el viaje fue alrededor de septiembre de 2015 porque la prensa habla de la visita del papa Francisco a Filadelfia.

Cosmópolis es una crónica de estilo ágil y directo, con imágenes limpias que por momentos se sumerge en cierta espesura poética.

El texto de la crónica está compuesto por capítulos breves y algunos poemas. Los fragmentos, fugaces, nos dan en principio una apariencia de escritura dispersa. Pero con el correr de la crónica ese mosaico de falso caos va disipándose.

Cosmópolis es una crónica al ras del suelo. El autor nos va pintando su mundo neoyorquino en la voz y actos de sus vecinos de departamento, de personajes callejeros, de algunos amigos con los que se encuentra durante la estadía en la ciudad. Nuestro mapa de Nueva York será el mapa de su deambular.

El autor visita lugares imposibles de esquivar pero lejos está de la actitud “turista” del que descubre y disfruta de la ciudad. De hecho, por momentos, tenemos la sensación de que no hay intención de disfrutar de la ciudad, aunque tampoco de sufrirla o resistirla.

A veces, su actitud casi apática para con la ciudad parece más bien la intención de convertir su peregrinaje en un mecanismo que le permita descubrir la esencia de la metrópolis: develar qué es lo que hace que Nueva York sea Nueva York.

Y en este caso, Nueva York es la cotidianidad de las personas que, como él, frecuentan un lavadero de ropa. La ciudad es la vida cotidiana de los músicos callejeros, de una boricua que vende helados, de un marroquí que vende comida en la calle 16 horas al día, de los borrachos de una playa mugrosa en Coney Island, de Marlon, el vecino que un día se va de viaje y le pide que le cuide un pez.

Nueva York es también la nostalgia del autor por la época no vivida donde Miles Davies, John Coltrane y el gran Bird deambulaban llenos de heroína y alcohol arrastrando sus instrumentos por bares sórdidos e infames.

Y sin embargo ¿qué es Nueva York? ¿Cómo escribirla?

Tal vez ni siquiera Renán, un artista colombiano que lleva muchos años viviendo en la ciudad y con quién el autor comparte charlas y paseos, pueda saberlo. Y eso que Renán parece saberlo todo.

Pese a esta imposibilidad de poder encontrar el sentido de algo que se anhela sin saber bien por qué, el autor reflexiona sobre su fuerte y misterioso deseo por viajar y contar las ciudades:

Nunca hice un viaje con mi papá. Es una ironía que yo tenga este amor por los viajes. Y por el registro detallado de los viajes. Quizá sea una forma de contrarrestar el vacío original. Siempre pienso en la imposibilidad de escribir una experiencia. La experiencia es muda o parca. No habla por sí misma. Y cuando intentamos anotarla hay algo que se borra, que se pierde, que se esfuma. Sin embargo, tengo el interés absurdo de escribir.”

Para qué hacerlo, se pregunta el autor. Tal vez para luchar “contra el vacío que se tiende entre la escritura y la vida”. Pero entonces ¿por qué hacer algo que está destinado al fracaso?

Otro fragmento, el que tiene el mismo nombre que el libro, resume bastante bien el estilo y nos da una idea desde dónde mira el autor a la ciudad:

En la séptima avenida, entre la 12 y Canal Street, se suceden una serie de bares coloridos y enjundiosos, algunos pequeños y otros impactantes por su tamaño. Sushi, pollo, verduras, comidas exóticas, café y tacos. En medio del furor urbano, de las risas y los abrazos, un músico negro está sentado en una silla cómoda y pequeña. Lleva un traje celeste y unos zapatos negros lustrados, en oposición a la opacidad del asfalto. Su música suena como un rumor agudo y brillante en medio del motor de los irremplazables taxis amarillos. La gente pasa y no lo mira. El músico tiene apostado un micrófono y un parlante alto, con luces de colores que bailan mientras la música se esparce en Cosmópolis. La trompeta raya el aire, lo digita, lo controla, la trompeta es una sirena hermosa, una mujer que se mueve con soltura, con garbo, y nadie mira ese acto impúdico y controlado. El músico toca solo y no levanta la cara. No lo necesita. Toca para sí mismo. Como si solo le importara la melodía grabada en su cabeza, esa música que lleva desde hace años en su memoria.

El negro toca y no para. Yo lo miro desde la vereda, a unos metros. Él no levanta la cabeza. Sigue inmune y ecuánime. Y su música perdura en las veredas aunque nadie lo mire. Es una partitura para nadie.

El solo de jazz cae sobre Cosmópolis como el atardecer.”

Pero más allá del estilo narrativo que logra el autor, lo que sustenta lo poético de la voz y las imágenes que aparecen en la escritura de Cosmópolis es cierta nostalgia o desencanto de, tal vez, no haber hallado o no haber podido vivir la ciudad imaginada o deseada.

Lo expresa muy bien, creo, esta frase: “Pienso que la ciudad es solo el recuerdo de los recuerdos privados”.

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Fabián Soberón es escritor y profesor de Teoría y Estética del Cine. Publicó la novela “La conferencia de Einstein”, los libros de relatos “Vidas breves” y “El instante”, y las crónicas “Mamá. Vida breve de Soledad H. Rodríguez” y “Ciudades escritas”.

Cosmópolis – Retratos de Nueva York (2017) fue publicado por la editorial Modesto Rimba

Agradezco a Aquarelas del blog La Aquateca por el contacto y la gestión.

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